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Latitud

El mejor escritor mexicano que no lo fue por frívolo

Latitud

El mejor escritor mexicano que no lo fue por frívolo

De París me gusta todo pero más sus cementerios. Y no lo digo en broma. Si ya no voy a Montparnasse es porque no tengo con qué ir a París. "No traigo cash", como decía Zedillo. O parodiando al célebre general Anaya: "si hubiera parque no estaría usted aquí... ni yo tampoco". 

La última vez que anduve por el cementerio de Montparnasse ya no me entretuve en la tumba de Baudelaire ni en la de Sartre ni en la de César Vallejo, y menos en la de Julio Cortázar (cada vez que lo releo al pobre me resulta más pedante). 

Sí le di su vueltecita a Carlos Fuentes y a sus pobres hijos y terminé en una tumba abandonada, visitada por nadie. Ahí reposan los restos de Ramon Fernandez (sin acentos) uno de los mexicanos más extravagantes de todos los tiempos. 

A pesar de que el FCE publicó hace años una biografía bien escrita sobre su persona, Ramon Fernandez (ya les dije que no le pongan acento) resulta a estas alturas un perfecto desconocido. Y desde cualquier punto de vista, con justa razón.

Sin embargo, Alfonso Reyes lo describió como una "grandísima personalidad literaria que debería ser mejor conocida en México, la mitad de su patria". 

En los años 90 leí algunos ensayos literarios de Fernandez (insisto, no lleva acento) y doy fe de que son fregones. 

Apantalló a los más grandes escritores del Siglo XX, quienes lo elogiaron sin reservas y le auguraron un lugar en la pléyade de los inmortales. 

Incluso Marcel Proust, su amigo del alma, dijo que era mejor escritor que él. Entonces, ¿qué carajos le pasó?

Hijo de diplomáticos mexicanos (su madre fue una de las fundadoras de la revista Vogue), nació en 1894, se afincó en París y ahí se codeó con la alta burguesía de su época. 

En París lo veían como un charro de levita que dominaba Saint-Germain-des-Prés, con unas maneras rancheras que acentuaban su exotismo y un semblante broncíneo que, pese a estar casado con Liliane Chomette, enamoró a infinidad de francesas de alta sociedad, solteras y casadas indistintamente. 

Bien parecido y modelo de seductor latino, Ramon se definió a sí mismo como playboy "de origen bárbaro y salvaje". En realidad era lo más cercano a un Casanova de Jalisco. 

Su nacionalidad mexicana (la defendió toda su vida por convenenciero), lo libró de participar como soldado en la Primera Guerra Mundial. 

Ramon partió a Inglaterra y viajó por la campiña inglesa tripulando a toda velocidad su motocicleta, con su amante en turno. ¿Cómo las atraía? Enseñándolas a bailar tango, género en el cual era un maestro.

Con cada amante estrenaba un carro deportivo, sobre todo Bugattis ("nada tan hermoso, nada tan costoso") que manejaba como piloto de pruebas. 

Un bon vivant aficionado a la buena mesa y a los vinos de Borgoña, en especial el Pinot Noir de Auxey-Duresses. Digamos que era como un sampetrino pero con buen gusto. 

Hasta que un día, en 1941, Ramon fue invitado a recorrer Alemania. Su anfitrión se llamaba Joseph Goebbels (autor nazi de aquella trillada frase que no repetiré). El gran seductor regresó seducido. Ya se había afiliado poco antes al partido fascista francés pero a su regreso de Alemania solicitó convertirse en censor literario.

Eran los años de la ocupación de Francia por Hitler en 1940, con la resistencia del general Charles de Gaulle en la clandestinidad. Ramon se enfundó desde entonces el uniforme de la Gestapo y se volvió colaboracionista. Sus antiguos amigos lo tildaran de payaso farsante.

En 1944, Francia fue liberada por los Aliados que desembarcaron en Normandía y los intelectuales franceses fieles al nazismo acabaron fusilados o sometidos a duras condenas. 

Ramon se salvó por un pelo: el 5 de agosto de ese mismo año murió de un derrame cerebral en su casa de Saint Benoit, donde vivía divorciado y solo. 

Lo sepultaron un par de amigos suyos, más por humanitarismo que por afecto y en absoluta discreción en el cementerio de Montparnasse. 

Ningún periódico de la época publicó su esquela. 

Yo recogí del suelo un pedazo de mármol que se había desprendido de una esquina de su tumba y lo dejé  encima. Tratemos de ser gentiles con los muertos; uno nunca sabe. 

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