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Al Punto

El privilegio de aplaudir

Al Punto

El privilegio de aplaudir

El niño llegó feliz de la escuela. Esa mañana habían escogido el reparto para la obra anual de teatro: un protagonista, dos coprotagonistas, seis actores secundarios, y un buen grupo de extras. “¿Qué papel te asignaron?” —le preguntó su mamá. “A mí me eligieron para aplaudir” —respondió el niño sin empacho ni resentimiento. 

Alguien podría pensar: ¡Qué baja autoestima! Todo lo contrario. Quien necesita ser considerado o escogido para sentirse “alguien” es quien carece de autoestima. La cultura del éxito nos ha hecho creer que ser punteros, destacar sobre los demás y alcanzar los puestos más altos son componentes casi esenciales de la felicidad. En tal caso, muy pocos serían felices; o más bien, sólo uno en cada campo o sector competitivo. Curiosamente, los más destacados suelen ser, en muchos casos, los más infelices. Basta recordar el triste desenlace de no pocas grandes estrellas. 

La sed de éxito es una falacia tóxica que brota de nuestra necesidad de autoafirmación. Sólo precisa llegar a ser alguien quien siente no ser nadie. Pero Jesús se hizo hombre porque el ser humano valía la pena; se hizo siervo porque el ser humano valía la pena; se hizo humilde porque el ser humano valía la pena; se hizo vulnerable y mortal, porque sufrir y morir por cada ser humano valía la pena. El papa san León Magno llegó a afirmar en una de sus cartas: “¡Reconoce, oh cristiano, tu altísima dignidad! 

La humildad cristiana exige mucha seguridad y valentía. No se trata de asumir una postura inauténtica de abajamiento, sino de reconocer los propios dones para ponerlos al servicio de la integración, de la colaboración, de la comunión. No hace muchos años, en el ámbito de la cultura empresarial cristiana se desarrolló el concepto de “serviazgo”, el cual asume el servicio como un elemento esencial del auténtico liderazgo. Ser líder no es una cuestión de organigrama; no significa colocarse arriba o adelante de los demás sino ponerse a su servicio mediante la motivación, la inspiración, la guía y el acompañamiento. Quizá la expresión más genuina de este principio lo encontramos en las palabras de Jesús: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Una de las primeras notas de la personalidad del papa Francisco que llamó la atención del mundo entero fue su humildad. Además de ocupar una habitación en la Casa Santa Marta, como cualquier otro inquilino del Vaticano, sorprendió a todos cuando se puso en la fila del buffet y se sentó en una mesa cualquiera del comedor. 

Para ser humildes no necesitamos rebajar nuestra autoestima; quizá necesitamos, más bien, robustecerla apuntalándola sobre la certeza de que somos hijos de Dios y hermanos en Cristo. Al mismo tiempo, ¡cuánto nos ayuda quitarnos importancia, dejar de pensar que somos los únicos o los mejores, y reconocer y aplaudir los dones y éxitos de los demás! Habría que recordar continuamente la célebre frase del escritor inglés G.K. Chesterton, 

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