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Ron Rolheiser

El triunfo del bien sobre el mal...

Ron Rolheiser

Un colega una vez desafió a Pierre Teilhard de Chardin con esta pregunta. Tú crees que el bien finalmente triunfará sobre el mal; bueno, ¿qué pasa si hacemos estallar el mundo con una bomba atómica, qué pasa con la bondad entonces? 

Teilhard respondió de esta manera. Si estallamos el mundo con una bomba atómica, sería un revés de 2 millones de años; pero el bien triunfará sobre el mal, no porque yo lo desee, sino porque Dios lo prometió y, en la resurrección, Dios mostró que él tiene el poder para cumplir esa promesa. 

Él está en lo correcto. Exceptuando a la resurrección, no tenemos garantías de nada. Las mentiras, la injusticia y la violencia pueden triunfar al final. Ciertamente así se veía el día que Jesús murió.

Jesús fue un gran maestro moral y sus enseñanzas, si se siguieran, transformarían el mundo. En pocas palabras, si todos viviéramos el Sermón de la Montaña, nuestro mundo sería amoroso, pacífico y justo; más el interés propio a menudo se resiste a la enseñanza moral. De los evangelios vemos que no fue la enseñanza de Jesús lo que influyó en los poderes del mal y finalmente reveló el poder de Dios. Eso no. El triunfo de la bondad y el poder final de Dios se revelaron en cambio a través de su muerte, por un grano de trigo que caía en la tierra y moría, dando así muchos frutos. Jesús ganó la victoria sobre los poderes del mundo de una manera que parece la antítesis de todo poder. No dominó a nadie con alguna musculatura intelectualmente superior o por alguna persuasión mundana. No, reveló el poder superior de Dios simplemente al aferrarse a la verdad y al amor, incluso cuando las mentiras, el odio y el poder egoísta lo crucificaban. Los poderes del mundo lo mataron, mas el confiaba en que de alguna manera Dios lo reivindicaría, que Dios tendría la última palabra. Dios lo hizo. Dios lo resucitó de entre los muertos como testimonio de que él tenía razón y que los poderes del mundo estaban equivocados, y que la verdad y el amor siempre tendrán la última palabra.

Esa es la lección. Nosotros también debemos confiar en que Dios dará a la verdad y el amor la última palabra, independientemente de cómo se vean las cosas en el mundo. El juicio de Dios sobre los poderes de este mundo no se desarrolla como una película de Hollywood donde los malos son asesinados al final por una musculatura moralmente superior y nosotros disfrutamos de una catarsis. Funciona de esta manera: todos son juzgados por el Sermón de la Montaña, aunque el interés propio generalmente rechaza ese juicio y parece salirse con la suya. Sin embargo, hay un segundo juicio al que todos se someterán, la resurrección. Al final del día, que no es exactamente como el final del día en una película de Hollywood, Dios resucita la verdad y el amor de su tumba y les da la última palabra. En última instancia, todos los poderes del mundo se someterán a ese juicio definitivo.

Sin la resurrección, no hay garantías de nada. Por eso San Pablo dice que si Jesús no resucitó, entonces nosotros somos los más engañados de todas las personas. Él está en lo correcto. La creencia de que las fuerzas de la falsedad, el interés propio, la injusticia y la violencia eventualmente se convertirán y abandonarán su dominio mundano, a veces puede parecer una posibilidad en una noche determinada cuando las noticias mundiales se ven mejor. Sin embargo, como sucedió con Jesús, no hay garantía de que estos poderes eventualmente no se vuelvan y crucifiquen casi todo lo que es honesto, amoroso, justo y pacífico en nuestro mundo. La historia de Jesús y la historia del mundo atestiguan el hecho de que no podemos confiar en los poderes mundanos, incluso cuando por un tiempo pueden parecer dignos de confianza. Los poderes del interés propio y la violencia crucificaron a Jesús. Lo hacían mucho antes y lo han seguido haciendo mucho después. Estos poderes no serán vencidos por una violencia moral superior, sino por vivir el Sermón de la Montaña y confiar en que Dios quitará la piedra de cualquier tumba en la que nos entierren.

Mucha gente, quizás la mayoría de la gente, cree que hay un arco moral en la realidad, que la realidad se inclina hacia la bondad sobre el mal, al amor sobre el odio, a la verdad sobre la mentira y a la justicia sobre la injusticia, y señalan a la historia para mostrar que, aunque el mal puede triunfar por un tiempo, eventualmente la realidad se rectifica y el bien gana al final, siempre. Algunos llaman a esto la ley del karma. Hay mucha verdad en esa creencia, no sólo porque la historia parece confirmarlo, sino porque cuando Dios hizo el universo, Dios hizo un universo orientado al amor y por eso Dios escribió el Sermón de la Montaña tanto en el corazón humano como en el ADN del mismo universo. 

La creación física sabe cómo curarse a sí misma, y también la creación moral. Por lo tanto, el bien siempre debe triunfar sobre el mal; sin embargo, dada la libertad humana, no hay garantías –excepto por la promesa que se nos dio en la resurrección.

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