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Crónicas de un comelón

El vicio de moler cosas

Crónicas de un comelón

Mi juguete favorito de la cocina

Sinceramente no recuerdo cuándo conocí por primera vez una licuadora de alta potencia. Seguramente fue en tiempos de la escuela. Con el tiempo la memoria va fallando y por más que corra el hámster, no puedo poner en orden si primero conocí a la licuadora americana o el fantástico robot alemán. El caso es que, sea cual haya sido la primera, fue amor a primera vista. 

No sabría explicarles exactamente a qué se debe que me haya obsesionado con estas máquinas. Si a alguno de ustedes les ha tocado la explicación de la americana en la tienda de las membresías en la que uno va por servilletas y termina dejando media quincena, o si son de los afortunados que han presenciado las demostraciones del robot alemán, ya sabrán que en las explicaciones nos dicen todas las funcionalidades que estas maravillas tienen, más allá de la obvia.

Pero lo que sí les digo es que la verdad, nunca les hacía mucho caso. Malamente, la verdad porque conforme las he ido descubriendo, y sobre todo el robotito alemán, me doy cuenta de que realmente sí, muchas de ellas son una maravilla. 

Sí, quiero mucho a mi robotito alemán, también quiero mucho mi licuadora americana, pero la verdad, lo que más me gusta hacer con ellas es moler. 

Me encanta la textura que dejan en cremas, purés, triturar sólidos para convertirlos en polvos, moler congelados para convertirlos en nieve. En fin, poco me ha faltado para emular aquellos videos de la otra marca americana que producía hace una quincena de años en los que intentaba descubrir si su máquina sería capaz de procesar pelotas de golf, y hasta el que en aquellos años era el novísimo iPhone. 

Me dirán ustedes que de qué manera les vengo yo a motivar a comprar una máquina que cuesta entre seis y hasta casi veinticinco veces lo que cuesta adquirir una de la marca de toda la vida, sobre todo cuando varias columnas las he dedicado a hablar del tema del precio de los platillos. La verdad, es que me permito hacerlo porque creo firmemente que lo valen, y por mucho. 

En los años que he pasado en cocinas de escuelas y restaurantes, he visto (y olido) una infinidad de esas licuadoras dejar de funcionar por que se les quema el motor. Las de alta potencia tienen mecanismos que bloquean los motores para evitar que esto suceda. Además los materiales de los que están construidas, suele hacer que los vasos sean muy duraderos. 

Para rematar, suelen tener unas coberturas de garantía que cubren muchas más eventualidades que las del supermercado. A menos que sean como la gente de antes que heredaba la de la abuela, es una bendición. 

Quizás ustedes no tengan el vicio de moler cosas como yo, pero sinceramente les invito a considerar hacerse de una muy buena licuadora. Quizás sean mi placer culposo. Ustedes ¿con qué aparato de cocina se casan?

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