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Crónicas de un comelón

En defensa de la sutileza

Crónicas de un comelón

O del cheesecake que enloqueció al Facebook.

En más de una ocasión les he mencionado la existencia de un cierto grupo en Facebook donde la gente comparte sus opiniones sobre platillos. No quiero aburrirlos con ñoñadas tecnológicas, pero realmente los grupos en esa red social son una pésima he-rramienta para ese tipo de conversaciones. Funcionaban mejor los foros en los que uno podía agrupar las conversaciones de un mismo tema. Aquí, a falta de esa posibilidad, de vez en cuando el grupo se ve invadido de reseñas de lo mismo, una tras otra, por un periodo de tiempo. Así, hace un año todos escribían sobre cierta hamburguesa de pollo, luego sobre chiles en nogada, hace poco un café en el centro y, más recientemente, un cheesecake de baklava. 

Siendo un grupo muy grande, es de esperar que haya una variedad de opiniones en cuanto a las publicaciones, y cuando algo se pone de moda, no faltan los que lo critiquen. Absolutamente válido, sin duda. Lo que me llamó la atención de una reseña que publicaron en el grupo es que la crítica no fue sobre la técnica del cheesecake, sino que "le faltaba sabor". No he tenido oportuni-dad de probar este producto pero sí varias otras cosas que elabora la pastelería. No me parece que adolezcan de una falta de do-minio de sabores. En mi opinión los postres como el baklava tradicional, aunque buenísimos, están diseñados para pequeñas porciones. Cubrir un pastel entero con baklava podría resultar en algo sumamente empalagoso. 

Aquí es donde la cosa se complica. Culturalmente, nuestra tradición gastronómica es de sabores potentes. También en lo dulce, nadie se animaría a decir que una gloria es insípida. En las clases de cocina, no suele ser lo más sencillo transmitir la elegancia de sabores que se puede obtener con cocciones húmedas y salsas claras que se acostumbran en otras culturas. Un pastelero de otro país alguna vez me comentó que había tenido que ajustar algunas fórmulas porque si las hacía como en casa, la gente no le notaba el sabor. Igual, un panadero extranjero me contó la historia de cómo sus primeros intentos de pan de muerto no habían sido exi-tosos por la falta de contundencia del aroma de flor de azahar. Ya para rematar, alguna vez supe de una pastelera que habiendo regresado de sus estudios en el extranjero recibió un comentario particular de su jefe porque a su parecer a sus postres les falta-ba azúcar. 

Como les decía, somos muchísimos y todos tenemos derecho a nuestra opinión, todas son válidas. El que algo no sea de nuestro agrado, no necesariamente quiere decir que no esté bien, simplemente que no es algo que culturalmente aprendimos a apreciar. Lo importante es probar, claro está, y ya después será cosa de cada quien saber si lo aprendemos a apreciar. 

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