Opinión

Las cartas sobre la mesa|Fijar la mirada

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Fijar la mirada

El texto de Jeremías, que leemos este fin de semana, es una invitación a fijar la mirada en Dios. El profeta sufre el rechazo por su manera de hablar y confrontar al pueblo, es perseguido y nos comparte los sufrimientos a los que es sometido, no obstante, el mantener la mirada fija en Dios y el convencimiento de su misión le mantiene en pie. Por otro lado, las palabras de Jesús sobre el fuego del juicio, sobre el bautismo en la sangre de la cruz y sobre la espada que divide, también escandalizaron a sus oyentes, porque no respondían a sus expectativas. Y el texto de la Carta a los Hebreos es nuevamente una invitación a fijar la mirada en Jesús que da la vida por todos sin condiciones y recibimos fuerza de Él para enfrentar las dificultades.

Jeremías era un hombre sensible y tranquilo. Amaba la belleza y tuvo que predicar, por vocación divina, destrucción y horrendas matanzas. Amaba la tranquilidad y quietud, y estuvo metido a fondo en los acontecimientos tan azarosos y desgraciados de Jerusalén y del reino de Judá. El Dios que lo había seducido le impulsaba a hablar cosas desagradables e inesperadas, a realizar acciones simbólicas que suscitaban indignación y adversidad. Sus palabras y sus acciones escandalizaron a los habitantes de Jerusalén y de Judá. Lo veían como alguien que buscaba el mal de su pueblo, que era un pesimista y un aguafiestas que descorazona a los soldados y al pueblo. Jeremías con todo sabe que dice la verdad, una verdad que no se la ha inventado él, sino que la ha escuchado en la intimidad de su conciencia como Palabra venida de Dios. Sufre persecución, es bajado a un pozo lleno de cieno para que allí muera olvidado y abandonado, pero no importa, él sabe que Dios no lo abandonará, y así fue, le salva por medio de un etíope, de un pagano, y que la verdad de Dios por él transmitida prevalecerá y vencerá. Jerusalén fue tomada y destruida por el ejército babilonio, y gran parte de la población deportada, como esclava, a la tierra de los vencedores.

Jesús se dirige a sus contemporáneos con palabras hirientes, escandalosas. Habla del fuego del juicio, capaz de quemar y destruir la situación presente para generar una nueva, pero los oyentes no están dispuestos a la radicalidad del cambio. Jesús habla de bautismo en referencia a la sangre de la cruz, en la cual Él deberá ser bautizado para lavar los pecados del mundo cargados sobre sí. Jesús dice claramente que no ha venido a traer la paz sobre la tierra, sino la espada que divide a los hombres: con Jesús o contra Jesús, sin posibilidad de estado neutral. Esta espada divisoria escandalizó enormemente a los judíos. Ante estos tres signos que Jesús ofrece a sus contemporáneos, éstos no saben leerlos correctamente, juzgarlos como es debido, y se escandalizan. La verdad que Jesús les predica es un escándalo insoportable. Un escándalo que le costó a Jesús la condenación y la muerte ignominiosa en una cruz, no supieron fijar la mirada en Él, sino la mirada en sus palabras que eran una invitación al cambio.

En un ambiente social, como el que vivimos, tenemos que aprender a fijar nuestra mirada en Dios. Dios, como vemos en las lecturas, no esclaviza ni nos somete a una situación de servidumbre, los cristianos estamos convencidos de que fijar la mirada en Jesús es fijar la mirada en la verdad, y particularmente la verdad de nuestra fe nos hace libres. Allí donde hay verdad, hay libertad, y donde no hay verdad, hay necesariamente alguna forma de esclavitud. ¿Buscamos la verdad? ¿Vivimos en la verdad? ¿Amamos la verdad? ¿Permanecemos en la verdad? ¿Defendemos la verdad? Entonces podemos decir que somos auténticamente libres, incluso si estamos encerrados en las cuatro paredes de una prisión o somos considerados “material inútil” por la sociedad. En un mundo relativo, dan miedo tal vez las verdades absolutas. Pero, si todo es relativo, ¿no estamos haciendo de lo relativo lo único absoluto? Tener miedo a fijar nuestra mirada en la verdad, es tener miedo a ser uno mismo, es tener miedo a ser coherente, es dejarse dominar por la ley absoluta de la mayoría, es perder dignidad humana. La verdad te hará libre. No lo dudes. Fijar el corazón y la mirada en la verdad, es la experiencia de los grandes hombres, como los profetas y las santos.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros. 


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