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Ecología Regia

Fundidora

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Larga y polémica es la historia de este icónico parque de nuestra ciudad.

Mucho ha pasado desde el decreto de expropiación de 1988 del presidente Miguel de la Madrid y que dio su origen. En él se establecía que entre las causas consideradas de “utilidad pública” por la que se ordenaba la expropiación de sus terrenos era para que su superficie sirviera para “el combate a la contaminación del ambiente”.

Los hechos hoy son mejor prueba que cualquier otra cosa.

Más de la mitad de la superficie del parque es ocupada por espacios concesionados a particulares. Un centro de convenciones, dos parques temáticos, dos centros para eventos, dos museos y hasta una pista de hielo.

Los eventos que ahí se realizan también distan mucho de aquel espíritu ecológico que se visualizó debía tener el parque. Desde la Serie CART de principios de siglo a los conciertos masivos que hasta hace unos meses ahí se realizaban y que sólo la pandemia mundial pudo detener.

Considerando lo anterior, es inevitable cuestionarnos si era éste el modelo de manejo que en 1988 se visualizó debía tener el parque. Una pregunta más amplia aún ¿es este el manejo de parques urbanos que necesitamos en Monterrey?

Esta última pregunta es propicia ya que, debemos recordar, a partir de este año el organismo descentralizado que administra el parque Fundidora está a cargo también de la Macroplaza, La Pastora y La Huasteca.

Para responder a lo anterior, debemos primero preguntarnos si el estado comprende cuál es la “necesidad/utilidad” de estos parques y si a la forma en como se han administrado se le puede etiquetar como “buen manejo”.

Al respecto, debemos iniciar por reconocer que la disposición a ceder temporalmente el uso de espacios públicos envía un solo y claro mensaje: el estado tiene poca disposición a invertir en estos espacios.

Evidencia lo anterior el parque Fundidora y también el parque La Pastora, donde también una gran porción de sus terrenos la ocupan un zoológico y un parque temático (y no debemos olvidar que su superficie original fue reducida para albergar otros proyectos).

Guste o no, la pandemia ha venido a demostrar que los modelos de “autosostenibilidad” pueden no ser el modelo más adecuado de manejo para el funcionamiento (y el deber ser) de espacios de vocación pública y ambiental.

Como referencia, las administraciones públicas locales y federales de países como Estados Unidos, Canadá o Costa Rica, han sabido ver en la interiorización del manejo de áreas naturales no un costo sino una inversión que vuelve a una sociedad más sana y por ende más feliz y productiva.

Es urgente repensar nuestros modelos de manejo. Y a propósito de lo anterior, el parque Fundidora tiene necesidades muy diferentes que las de La Huasteca, que las de La Pastora, La Estanzuela, que la Cola de Caballo, las Grutas de García y las Grutas de Bustamante. Difícilmente un mismo patronato podrá comprender y ser sensible a las necesidades de una y otra.

Ya que estamos en el ocaso de la presente administración pública estatal, será importante que el próximo gobernador priorice el rescate de estos espacios públicos que se terminaron de perder en la actual administración. Que dote de un presupuesto suficiente al área de parques y vida silvestre del estado. Que designe a verdaderos expertos como responsables de estas tareas. Y sobre todo, que el próximo gobernador recuerde que estos espacios debían ser pulmones de nuestra ciudad.

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