García Márquez


“Gabo amaba la fiesta taurina” – dijo José Manuel Espinosa, apoderado y empresario taurino tras enterarse de la muerte de Gabriel García Márquez ocurrida en la Ciudad de México el jueves 17 de abril de 2014; a los 87 años de edad del Premio Nobel de Literatura – “Y la fiesta lo amaba a él”.

García Márquez que elevó la literatura hasta donde solo Cervantes la había encumbrado antes que él, fue un gran aficionado a la Fiesta Brava. A principios de los años 60 del siglo pasado, el escritor vivió en la calle Marcelo esquina con Eugenia, en la colonia Del Valle de la Cd. de México. A pocas cuadras de la Plaza México. Realzó con su presencia en numerosas ocasiones distintos festejos taurinos de España, México y su Colombia natal.

Gabo escribía de toros con una manera muy genial de encontrar la noticia en los acontecimientos que pasaban inadvertidos para todos los demás, que él transformaba en realidad mágica. Un apunte taurino suyo escrito en 1993 dice: 

“En Piedrahíta, pequeña localidad castellana, un toro ha muerto de miedo. Hay que morirse de miedo ante la evidencia de que un toro se haya muerto de miedo, no frente a un hombre armado, cosa que sería explicable, sino frente a un indefenso e inmóvil ciudadano español que hacía la vieja suerte del “Tancredo” aprovechándose de la juventud y la inexperiencia de un toro demasiado impresionable.

Este extraño acontecimiento puede servir de base para pensar que si es el toro de lidia tan noble como lo pintan, probablemente y a pesar de las tradicionales consecuencias, nadie sea más aficionado a la fiesta brava que el toro mismo. Por eso sigue embistiendo noblemente fiel a las reglas que han hecho posible la subsistencia de la lidia.

En la mayoría de los casos gana el hombre, pero hay ocasiones en que gana el toro, de manera que hay motivos de sobra para pensar lo pensado: que también el toro es aficionado a los toros.

Lo que originó el miedo de este notable toro de Piedrahíta debió ser la evidencia de que esa tarde el hombre no estaba jugando limpio. Las reglas y la experiencia enseñan que el adversario siempre ha de estar armado de un estoque, un par de banderillas, o de un capote en el peor de los casos. 

Pero no ha de esperar el más noble de los toros que el adversario se le plante en la mitad del ruedo, indefenso, sereno y estatuario; y si ello ocurre tiene razones la bestia para pensar que allí hay gato encerrado. Razones de sobra para que un noble gladiador se muera de miedo, ante la sola evidencia de que el adversario no está jugando limpio”.

Era quizá esa forma tan desnuda en que el hombre se enfrenta a la bestia, la remembranza de algún pasaje mitológico que lo haya marcado, o las simbologías que recordara en algún cuadro de Picasso. Lo cierto es que el ilustre hijo de Aracataca, disfrutaba cada pase del capote y se sentía como el torero cuando dejaba la plaza.

La Fiesta Brava echa de menos al Nobel colombiano. 

Los aficionados taurinos extrañamos al Gabo. ¡Hasta siempre gran maestro!


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