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¡GRACIAS, MAMÁ!


Pronto celebrarás a mamá y, fuera de clichés, tarjetas rosas y memes del día, te das cuenta que por alguna extraña razón, tu relación con ella es la más intensa de tu vida. ¿O cómo te puedes explicar que una misma persona te confronte tanto al punto de lograr provocarte rabia, frustración, impotencia, admiración, compasión y profundo agradecimiento?.

La tremenda cercanía emocional y la búsqueda de aprobación que has tenido con tu madre desde siempre hace que recuerdes cómo en tu infancia cualquier comentario o acción que hacía te podía llevar al cielo o al mismito infierno. ´´¡Mira, mamá!, ¡mira, mamá!´´, repetías gritando una y otra vez cada vez que lograbas hacer una increíble pirueta o una nueva hazaña personal, reflejo de tu peculiar deseo por llamar su atención.

´´El vínculo madre-hija está estratégicamente diseñado para ser una de las relaciones más positivas, comprensivas e íntimas que tendremos en la vida´´, dice Christiane Northrup, doctora experta en la salud de la mujer. Así que te preguntas: ¿mi relación ha sido tan positiva y comprensiva como me hubiera gustado?, lo que hace que tus expectativas se disparen al cielo hasta que surge un simple y genuino ´´quizá no tanto´´.

Te asomas a la ventana de expectativas irreales y le das el poder a tu ego de comparar la relación con tu madre con una relación imaginaria, en donde todo es perfecto y no hay ninguna herida que sanar y, obviamente, tu relación sale perdiendo.

El torbellino de emociones y pensamientos apenas comienza a tomar fuerza para juzgar a tu madre a diestra y siniestra, y enumerar todas las veces en las que se equivocó hasta que llega algo superior que te detiene: te descubres comparándola con una madre que no existe y que ni siquiera es humana porque no comete errores, en un escenario imaginario y completamente irreal.

Siendo el vínculo más importante, al ser el primero que experimentaste en esta vida, comienzas a asumir esta compleja relación con tu madre con una nueva mirada y te descubres como observadora de sus heridas y reacciones, y de las tuyas.

Conforme avanzan los años, observas de frente a tu niña herida, lo que te permite que veas a la niña herida de tu madre, y a la niña herida de su madre, y decidas que es momento de soltar. Más allá de culpas, hubieras y deberías, activas tu mirada comprensiva todos los días para llenarte a ti misma de amor, comprensión, fuerza y todo lo que necesitabas en tu infancia hasta que sólo queda agradecimiento a todo tu linaje materno.

´´Gracias, mamá´´, le dices a tu madre cada que puedes, mientras te agradeces por seguir trabajando en libertarte de ese juicio del ego por percibir algo menos que amor y por verla como una mujer -como tú- con procesos de aprendizaje, heridas y logros, y que juega el rol perfecto en tu intensa relación llena de amor. ¡Gracias, mamá!




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