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Siete Puntos

Gritar

Siete Puntos

Gritar

1. El cinco de mayo de 1990, durante su segunda visita a nuestro país, Juan Pablo II dijo: “México sabe bailar. México sabe rezar… sabe cantar. Pero, más que todo, México sabe gritar”. Cada una de las frases papales fue coreada por la multitud que se encontraba al pie de la Basílica de Guadalupe. La alegría era inmensa, casi incontrolable. La devoción del pueblo católico afloraba y nuestra idiosincrasia se sintió halagada cuando aquel Papa nos dijo gritones. No se vio como una ofensa sino como un halago que provocó aplausos todavía más estridentes.

2. ¿Por qué no dijo: “México sabe pensar, sabe investigar, sabe discernir”? ¿Será porque en realidad no se nos dan esos protocolos analíticos? ¿O porque el entonces sucesor de Pedro nos quería dar un champú de cariño y le atinó? A mí no me gustó el que nos etiquetara con ese epíteto, pues otros pueblos también se distinguen por sus alaridos. Baste ver a los filosóficos alemanes en la Oktoberfest bramando con un tarro de cerveza en la mano, o a los flemáticos ingleses increpando a los rivales en un estadio de futbol.

3. Pero debí aceptar que sí, somos gritones. Cuando estamos contentos o enojados, al conversar para que no se nos vaya la idea, regañando a los niños, para llamar la atención y… para celebrar la Independencia, como ayer por la noche. Un grito que entre pandemias y pérdidas de sentido ha venido a menos cada año. Una exclamación que va desde las dudas históricas sobre su existencia, hasta la desautorización expresada en una cada vez mayor dependencia económica y política de EUA. Baste ver el tema…

4. … de las remesas que mandan los paisanos y que se han convertido en nuestra principal fuente de ingresos, y habernos convertido en la Migra4T al sureste del país, para que no se enoje el Tío Sam. Por ello, el grito de anoche fue un rito carente de sentido, una liturgia en la que celebrante y fieles se aferran a un nacionalismo inexistente, un culto a una divinidad –la Independencia– ya obsoleta. Pero hay de gritos a gritos, que sí expresan sentimientos y emociones, angustias y tristezas. Gritos que, a fuerza de ser contenidos, explotan con mayor sonoridad.

5. Los gritos de los migrantes, que abogan por permitirles el paso hacia un futuro, si no más promisorio, sí menos violento que el presente. Gritos de auxilio y solicitantes de compasión hacia quienes abandonan sus lugares de residencia no por comodidad sino por necesidad. Gritos acallados por autoridades obsequiosas de intereses ajenos. Gritos que pudieran ser los nuestros si estuviéramos sometidos a las mismas vejaciones e injusticias. Gritos de quien sólo pide un libre tránsito, un apoyo para el camino, una ayuda momentánea.

6. Están los gritos de los enfermos que no encuentran medicinas, y los de sus doctores que tampoco las tienen para administrarlas. Y sobre todo los clamores de los pobres, de ellos a quienes se les ofreció la atención que jamás recibieron en el pasado, y que se les dispensa sólo a cuentagotas. Gritos de las mamás que invocan una noticia sobre sus hijos desaparecidos, y a quienes ya sólo buscan darles una cristiana sepultura. Ojalá y quienes dieron “el grito” anoche escuchen estos gritos. Que ya no se hagan los sordos a esos llamados.

7. Cierre ciclónico. El próximo domingo celebramos los 100 años del nacimiento de Paulo Freire, pedagogo y filósofo brasileño, y autor del conocido texto Pedagogía del Oprimido. Combatió la concepción bancaria de la educación, esa que tanto se sigue practicando en escuelas y universidades reacias a fomentar el espíritu crítico en sus alumnos. Resulta curioso que él, hace décadas, buscó sacar a la educación de las aulas, cosa que logró la pandemia, pero que nosotros insistimos en regresarla. Resulta curioso.

papacomeister@g

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