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Recuerdos de una vida olvidable...

Hasta romper el espejo

Recuerdos de una vida olvidable...

Hasta romper el espejo

Amanece y lo primero que haces es desafiar tu resistencia al espejo con el que te ves por dentro.

Rescatas así el diálogo que tuvo lugar dentro de ti cuando despachabas en una oficina de gobierno, hecho que te enfrentaba contigo mismo y las condenas y aspiraciones de otros.

¿Te avergüenzas? Anda, confiésalo, olvida el pudor, si acaso aún guardas algo de éste.

¿Por qué deberías avergonzarte del trabajo que realizaste siendo señalado por unos como estúpido por no haber engrosado tu cuenta bancaria y, por otros, como mentiroso porque creen que no fue así?

Pero el cúmulo de inconformes, o de voluntades fuera de la nómina, te atosiga y provoca que insistas:

¿Estás seguro de no sentir pena por haber trabajado en ese medio, para algunos causa de los males pasados, presentes y por venir, emblema del mal, símbolo de la traición, insignia de la bajeza, certeza de peculio y sospecha perenne de peculado?

Sí, ¿qué otra cosa podría ser? Por supuesto, hablas de tu paso en la "política", denominación que da la gran masa a la actividad que desempeña a quien ocupa un cargo público o colabora en una franquicia de partido, sin considerar la honestidad, convicción u objetivos sociales que puedan motivarle.

Esa injusta, aunque explicable concepción de la política, socava la credibilidad que debe poseer esta fuente de normas para que la sociedad esté dispuesta a respetarlas.

¿Cómo acatar las leyes que ordenan la vida en sociedad, si supones que quienes las emiten lo hacen por un interés particular y son los primeros en violarlas, conductas que les quitan autoridad moral para orientar el comportamiento social?

Luego, sin dejar de confrontar al espejo, te defiendes cuando evocas señalamientos que te lastiman y generan largos ecos que sentencian, una y otra vez: "eres igual a todos", reconociendo lo doloroso que es saberte ni mejor ni peor que los demás.

Parece que la política y la vida tienen similitudes.

La conciencia de lo finito, de la existencia de lo que no puede verse y de lo impredecible de la vida son elementos que pueden ir más allá de tu simplona filosofía y convertirse en saberes esenciales para el ejercicio serio de la política.

Ni el poder de unos ni la paciencia de otros son para siempre; la silla sostiene a quienes se posan en ella aunque no le vean las patas y nadie medianamente cuerdo puede asegurar su presencia en la próxima fiesta de Año Nuevo.

Pero regresas al espejo para terminar de verte y encontrar tu sentencia.

¿Te da pena o no? Trata de responderte: ¿debes asumir la vergüenza ajena? ¿Es mejor sustituir la turbación por la acción? ¿Cuál será la fuerza de la corriente necesaria para que sea imposible nadar contra ella? ¿Qué prefiere la mayoría ciudadana: denostar a la política o exigir el retorno generalizado de la dignidad a su práctica?

Mientras te preguntas lo anterior tratas de convencerte de que una de las expresiones más altas de la civilización es la política en su sentido puro; es decir, en aquel que la presenta como una herramienta para pacíficamente dirimir diferencias, alentar esperanzas, crear sueños y trazar rumbos a seguir para los integrantes de una colectividad.

¿La quieres? Por supuesto: sencillamente es inolvidable, diría que resulta hasta adictiva. ¿Cómo evitar el deseo de estar siempre juntos? ¿Cómo negar la aspiración de ser su elegido? ¿Cómo sustraer el deseo de compartir con ella momentos de decisión?

No evadas la respuesta, pues bien sabes que no se trata de compararla con sinuosidades, sino de confrontar acusadores.

Y, presionado por tu conciencia o lo que queda de ella, finalmente acabas convenciéndote de que considerar cualquier cosa como imposible de limpiar es condenarla a la suciedad eterna; que la mala práctica de un concepto no lo invalida; y que sin política las organizaciones humanas quedan indefensas ante poderes fácticos sobre los que también se quejan quienes condenan el ejercicio político, sin demandar acciones y razones para que éste regrese a su cauce de beneficio colectivo.

Se rompió el espejo.

riverayasociados@hotmail.com

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