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Las cartas sobre la mesa

La Ascensión

Las cartas sobre la mesa

La Ascensión

Este domingo celebramos la solemnidad de la Ascensión y el resumen de las lecturas que leeremos es: misión cumplida, pero no terminada. El Evangelio resalta el cumplimiento de la misión, Jesús con la Ascensión cierra su tiempo y abre el tiempo de la Iglesia. La narración del libro de los Hechos se fija principalmente en la tarea no terminada: serán mis testigos... hasta los confines de la tierra. En la carta a los Hebreos vemos de manera muy hermosa como Jesús es quien entrega toda su sangre por amor, destruye el pecado y nos ofrece la salvación.

La Ascensión no es ningún momento dramático ni para Jesús ni para los discípulos. La Ascensión es la despedida, donde Jesús deja a los discípulos la tarea de continuar su obra, pero no dejándolos abandonados a su suerte, sino siguiendo paso a paso las vicisitudes de cada uno en el mundo mediante su Espíritu.

Jesús puede irse tranquilo, porque se han cumplido las Escrituras sobre él, y los discípulos comienzan a comprenderlo. Jesús puede irse tranquilo, no porque sus hombres sean unos héroes, sino porque su Espíritu los acompañará siempre y por doquier en su tarea evangelizadora. Jesús puede irse tranquilo, porque ha cumplido su misión histórica, y ha pasado la estafeta a su Espíritu, que la interiorizará en cada uno de los creyentes. Jesús puede irse tranquilo, porque los discípulos proclamarán el mismo Evangelio que él ha predicado, harán los mismos milagros que él ha realizado, testimoniarán la verdad del Evangelio igual que él la testimonió hasta la muerte en cruz.

En nuestra experiencia cotidiana vemos como todos sentimos en nuestro interior, a la vista de la muerte, el deseo intenso de quedarnos en el mundo, de dejar en él algo de nosotros mismos, de marcharnos quedándonos. Dejar unos hijos que prolonguen y recuerden tu existencia, dejar una casa construida por ti, un árbol plantado por ti, dejar una obra, no importa si grande o pequeña, es un sentimiento de ansiedad muy normal. Jesús, en su condición de hombre y Dios, es el único que puede satisfacer plenamente este impulso del corazón humano. Él se va, como todo ser histórico. Pero también se queda, y no sólo en el recuerdo, no sólo en una obra, sino realmente. Él vive glorioso en el cielo, y vive misterioso en la tierra.

Vive por la gracia en el interior de cada cristiano; vive en el sacrificio eucarístico, y en los sagrarios del mundo prolonga su presencia real y redentora. Vive y se ha quedado con nosotros en su Palabra, esa Palabra que resuena en los labios de los predicadores y en el interior de las conciencias. Se ha quedado Jesús con nosotros, construyendo con su Espíritu, dentro de nosotros, el hombre interior, el hombre nuevo, imagen viviente suya en la historia. La presencia y permanencia de Jesús en el mundo es muy real, pero también muy misteriosa, oculta, sólo visible para quienes tienen su mirada brillante como una esmeralda e iluminada por la fe.

Jesús se ha quedado con nosotros. En la vida humana tenemos necesidad de una presencia amiga, incluso cuando estamos solos. La presencia de Jesús es la del amigo incondicional. Una presencia de amigo que sabe escuchar nuestros secretos e intimidades con cariño, con paciencia, con bondad, con misericordia y con amor; que sabe igualmente escuchar nuestras pequeñas cosas de cada día, aunque sean las mismas, aunque sean cosas sin importancia; que sabe incluso escuchar nuestras rebeliones interiores, nuestros desahogos de ira, nuestras lágrimas de orgullo, nuestros desatinos en momentos de pasión...

Jesús se queda con nosotros, a nuestro lado, para escucharnos. La presencia de Jesús es también una presencia de Redentor, que busca por todos los medios nuestra salvación. Está a nuestro lado en la tentación, para darnos fuerza y ayudarnos a vencerla. Jesús es nuestro compañero de camino cuando todo marcha bien, cuando el triunfo corona nuestro esfuerzo, cuando la gracia va ganando terreno en nuestra alma. Está con nosotros en el momento de la caída, en la desgracia del pecado, para ayudarnos a recapacitar, para echarnos una mano al momento de alzarnos. Jesús se ha quedado con nosotros para salvarnos. ¿Piensas de vez en cuando en esa presencia estupenda de Jesús amigo y Redentor? Como bautizados, tenemos el compromiso de continuar y concluir con la misión de Jesús.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.

P NOEL LOZANO: Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey.

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