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Recuerdos de una vida olvidable…

La conclusión es suya, apreciado lector

Recuerdos de una vida olvidable…

La conclusión es suya, apreciado lector

“Pásenle, pásenle, ya terminamos… y de una vez les platicamos lo que acabamos de acordar”, nos dijo el jefe del Ejecutivo de una entidad cuyos habitantes vivían el eterno ciclo de la esperanza de cambio al inicio de cada sexenio y la correspondiente decepción al finalizar este. Es decir, podía ser casi cualquiera en el país.

Aunque aún estaba terminando otra reunión, el mandatario pedía al coordinador de Comunicación Social y al de la pluma que ingresáramos a la sala de juntas de la Casa de Gobierno, donde nos había citado dada la proximidad del informe constitucional.

Una vez dentro saludamos a nuestra antítesis: la dupla formada por el jefe de la Oficina de la Gubernatura y el Coordinador de Estrategia, quienes sabían transitar sobre lo pavimentado, es decir, conocían cómo evitar cualquier polémica con el gobernador, puesto que no tenían problema alguno para asentir que era negra la pared blanca, si así lo decía el jefe. Exacto, ¿éramos necios o idealistas?

“A ver, ya que están aquí platíquenles lo qué decidimos para mañana…”, indicó el mandatario a los dos funcionarios que gustaban nadar a favor de la corriente.

Sin esperar una segunda indicación, informaron a quienes acabábamos de llegar que el gobernador no asistiría a las honras fúnebres de quien dirigía uno de los periódicos de mayor circulación estatal y credibilidad, periodista que en sus columnas cuestionaba un día y otro también al mandatario.

Ni fallecido a consecuencia de una larga enfermedad el periodista se libraba del enojo del titular del Ejecutivo, molestia por supuesto explicable desde el punto de vista de la naturaleza humana.

El tema no era nuevo. Meses antes, en plena campaña, un grupo de colaboradores debimos trasladarnos urgentemente al sitio del primer evento del día, para hablar con quien en ese momento era candidato, pues nos habíamos enterado de su intención para encarar, en unas horas más, a un periodista que publicaba severas e injustas críticas contra una de sus hermanas.

En esa ocasión el asunto se resolvió más o menos pronto cuando llegamos a una conclusión: tu molestia es totalmente justificada, mas ¿qué prefieres: desahogar tu enojo o ganar las elecciones?

Pero en este nuevo caso no sería tan fácil convencerlo, máxime siendo ya gobernador.

Nos preguntaron y respondimos: como representante de la entidad sí debía asistir a las honras fúnebres de un destacado comunicador y acre crítico, con quien no tenía relación cercana, pero tampoco públicamente aparecía como su enemigo. El finado representaba tanto a un gremio de influencia en el curso de la carrera del gobernador, como la oportunidad de demostrar congruencia con los valores de la democracia predicados por la autoridad.

“¡Cómo voy a ir si ese tipo no hacía otra cosa más que criticar a mí y mi familia!”, respondió enfático, aunque, como siempre, evitó ofensas verbales.

La réplica fue rápida:

El hombre se enoja, el Estado, no. La naturaleza del individuo humano lo hace susceptible a las emociones y al impulso de desahogarlas; la del segundo es la propia de un ente inmaterial que da estructura a la vida colectiva, regida por normas no por sentires.

Como quizá también me sucedió, él tampoco entendió lo anterior, por lo que debimos parafrasearlo con respeto, pero contundencia: el ser humano puede enojarse, pero el Estado es incapaz de hacerlo… “¡y tú representas a este último!”.

En el ser humano, individuo que conoce e interpreta el mundo por variables como su genética, sentidos y experiencias, es natural reaccionar, tanto que la templanza que requiere para evitar ser juego de sus emociones es virtud indispensable para su vida en armonía.

El Estado, que puede representar, no ser, una persona, refiere al conjunto de instituciones y relaciones sujetas a normas jurídicas, que aun sin estar exentas plenamente de interpretación son de aplicación colectiva, abundamos, pero no continuamos.

Tal vez para evitar que se prolongara una lección no pedida o simplemente porque tenía otra cosa que hacer, el mandatario autorizó que fuera modificada su agenda del día siguiente, ya que siempre sí asistiría al funeral del periodista.

Aun en ocasiones en las cuales la realidad parece fantasía, puede aparecer una lección para el presente.

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