La Marina tiene un barco, la Aviación tiene un avión


Yo espero, sinceramente, que dentro de dos semanas ya haya cesado la histeria colectiva que este año se apoderó de nosotros desde enero. Me refiero, desde luego, a ese fenómeno colectivo que ha colocado el honor patrio y el orgullo nacional en las papeletas de votación de los no tan irreprochables miembros de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de los Estados Unidos.

Mañana por la tarde se entregarán los premios conocidos generalmente como Oscar y, por primera e histórica vez, una película mexicana hecha por mexicanos y para mexicanos está nominada para obtener el premio en diez categorías, entre ellas las dos más importantes: mejor película y mejor director.

Además de eso hay una mexicana nominada para el premio a mejor actriz, otra a la mejor actriz secundaria y una hilera de otros premios entre los que se encuentran el de mejor cinta no hablada en inglés, mejor cinematografía y cinta sonora. 

Como suele suceder,  los mexicanos han llegado a este fin de semana divididos en dos grandes grupos radicalmente irreconciliables: de un lado están los que consideran que si la Academia le otorga a Roma, un bellísimo retrato en blanco y negro de la vida de los años setenta en la colonia que se llama así, los diez premios para los que está nominada, la Academia de Hollywood le quedaría a deber a los mexicanos. Del otro lado estamos los que de manera realista entendemos que los premios Oscar no son más que un instrumento de mercadotecnia para la exhibición de películas, manipulado por las casas productoras que suelen ser a la vez distribuidoras. Esa minoría piensa que, sin dejar de ser una excelente cinta, Roma puede obtener dos o, a lo sumo, tres premios mañana.

Cuando todo esto pase, tal vez tengamos un poco de tiempo para meditar un poco sobre nuestra mentalidad del todo o nada, y sobre el vicio de extrapolar nuestros sentimientos serios, como el amor a la patria, a los botines de unos señores bien pagados que integran la selección nacional de futbol cuando ésta logra amenazar –cosa que pocas veces sucede por fortuna– con avanzar más allá de los modestos escalones que en las estadísticas parecen reservados para los mexicanos. O, para el caso, una película, una medalla olímpica o cualquier otra disciplina en la que logremos destacar en equipo o por individualidades.

Somos hijos de la perinola: toma todo o todos ponen. No hay términos medios.

Lo acabamos de ver en la prolongada discusión sobre la Guardia Civil, una entidad que había de sacarnos de las tinieblas de la inseguridad y el crimen en que nos hemos acostumbrado a vivir en este país durante  los últimos doce años. El maniqueísmo con el que se ha manejado este asunto no permitió que se discutiera las fórmulas para combatir al crimen y sus raíces sociales. Todo el asunto se resumió a cómo se integrarían los soldados, que han sido los encargados de la seguridad pública últimamente, a los policías de la Guardia Civil y, sobre todo, si el mando de la nueva fuerza iba a recaer en una persona civil o un mando militar. Para todo ello era indispensable modificar la Constitución, medida que requiere de una mayoría de votos que en el Senado no tiene el partido del presidente López, principal impulsor del la entidad militarizada.

No lo tenía, como por arte de magia en un par de días nueve senadores del PRD en decadencia decidieron abandonar las directrices de su partido y votar como “independientes”. Un cuento que nadie se tragó, especialmente porque nueve era el número mágico que Morena necesitaba para que pasara la Guardia Nacional, a pesar de que tuviera que sufrir ciertas modificaciones.

Lo extraño aquí es que la Guardia Nacional pasó por el Senado sin un solo voto en contra, por unanimidad, causando el júbilo de todas las fuerzas políticas de este país que obviamente no se respetan. 

Para ponernos en una situación digna del teatro del absurdo. La negación de la democracia celebrada como u triunfo democrático supremo. La unanimidad, la uniformidad, la falta de disensos, la ausencia de voces discordantes, es la más clara negación de un régimen democrático. 

Claro, la Marina tiene un barco, la Aviación tiene un avión…

felixcortescama@gmail.com


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