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El porqué de las cosas

La muerte de la paciencia

El porqué de las cosas

La Paciencia, del latín “pati” que significa sufrir, ha sido sumamente invocada en estos tiempos ajetreados.

Y aunque también se le asocia con la mesura o a la templanza (esa que creemos necesitar para no enloquecer) llevada al participio, se refiere a esa persona que sufre, pero, ¿quién sufre?.

“¿Quién sufre?” es una pregunta interesante como punto de partida, la respuesta a bote pronto sería: todas y todos quienes son pacientes. El espectro del sufrimiento es tan perceptivo como subjetivo, es amplio, no respeta ni edad ni género, es incluyente e inclusive hay quienes consideran que es opcional. Su condicionante, asumir que se sufre.

El paciente, aquel que sufre, sufre por todo y por nada, sin que esto sea malo. Sufre porqué siente, porqué espera, porqué desea y porqué entre el proceso de vivir o morir, el sufrimiento nos acompaña, a veces impacientándonos, a veces con una calma hilarante. Sin embargo la vida con sufrimiento parece ser una fortuna para quienes aprenden a vivir con la paciencia de aliada.

Y como no, pues entre la violencia, la pandemia, las catástrofes naturales, nuestro cuerpo, nuestras emociones, la vida misma; el sufrimiento sobrevive patologizado en una sociedad que hace todo lo posible por hacernos creer que no sufrimos, por dotarnos herramientas para no sufrir o dispositivos para olvidar el sufrimiento ¿tan malo es sufrir?.

Quizás el problema no es el sufrimiento en sí, sino la rápida pérdida de la paciencia durante el sufrimiento. Acostumbrados a la inmediatez, vivimos los procesos largos como asuntos indeseados y quita tiempo, esperamos que todo lo malo pase rápido y lo bueno perdure por siempre, nos cuestan tanto ser pacientes y sufrir que nos entrapamos en la dualidad occidental del bien y el mal, del estrés y la relajación, de lo rápido o lento. Sin puntos medios.

De la paciencia hemos pasado al sufrimiento y del sufrimiento a la adaptación, “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, dijo Galeano, lo que puede entenderse bajo la premisa popular mexicana: o te aclimatas o te aclichingas, o a la frase mexicana: ¡Ponte trucha!, porqué camarón que se duerme, se lo lleva la corriente.

Entonces, hemos intentado matar a la paciencia catafixéandola por otros conceptos menos asociados al sufrimiento tales como la adaptación (muy sonado en la inteligencia emocional), o a la resiliencia. No es que estos conceptos sean equívocos o desagradables, pero es que olvidarnos del sufrimiento no hará que el sufrimiento desaparezca.

Normalizar el sufrimiento es similar a normalizar la muerte, aprender a vivir con uno u otra nos permitirá encontrarle sentido a la vida misma.

Parafraseando a Freud, el sufrimiento nos intimida desde tres frentes, el cuerpo propio, el mundo exterior y las relaciones humanas. ¿En cuál de estos ha perdido usted la paciencia?.

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