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Libros que suenan|La mujer singular y la ciudad

Opinión

La mujer singular y la ciudad

'El agua se aprende por la sed. La tierra, por los océanos cruzados', Emily Dickinson.

Una de las escritoras que más me han impactado por la soltura para narrar el entorno es la norteamericana Vivian Gornick. Pero no hablo de un entorno puramente material, ella plasma todo tipo de paisajes que van desde lo más íntimo del pensamiento, hasta aquello que se tienta con la mirada. 

La mujer singular y la ciudad (Ed. Sexto Piso) es un libro en el que Gornick hace un desprendimiento narrativo, así, singular, para liberar en sus páginas esa manera de contemplar Nueva York. 

Al desprenderse se apropia, se somete a un recorrido por las calles, los barrios, los lugares. Su exploración no es solo esa que recorren sus pasos, también es la gente, las conversaciones, las relaciones humanas. 

“La ciudad tenía sentido porque hacía soportable la soledad”, dice Gornick y continúa “utilizábamos las calles como los niños que crecen en el campo utilizan los prados y los ríos, las montañas y las cuevas: Para ubicarnos en el mapa de nuestro mundo… Cuando sentía que cada vez estaba más fuera de lugar, no había nada que aliviara mejor el dolor y el resquemor que un paseo por la ciudad”. 

En su definición de topofilia, el geógrafo chino Yi-Fu Tuan refiere a todos los vínculos afectivos del ser humano con el entorno de lo físico; aquello que funde los conceptos de “sentimiento” y “lugar”. Tuan ha expuesto meticulosamente ese ángulo del afecto con el espacio que rara vez definimos a no ser a través de palabras como patrimonio, identidad o raíces. 

En La mujer singular y la ciudad esas percepciones de territorio ligadas a la memoria y su espacialidad, incluso a la concepción desde lo femenino, acuñan su topofilia, eso que hace Gornick, es amor por la ciudad, a fin de cuentas, amor por el lugar diría Bachelard.

Tuan también identificó ese afecto a NY en la obra de poetas como Hawthorne o Whitman o en el caso de T.S. Eliot, Carl Sandburg, E. E. Cummings, la visión urbana se vuelve estrepitosa, frívola, perversa, un Sahara… pero en el fondo las palabras son celebratorias, homenajean, como Gornick a NY y sus tiempos. 

Gornick creció en el Bronx, “descubrió” Manhattan apenas siendo adolescente. Más adelante como periodista contempló con ese ojo explorador las cúpulas en los barrios, las clases sociales, a identificar ese “gen de la anarquía”, el desenvolvimiento de lo radical y lo opresivo de la gran metrópoli americana. 

Leer a Gornick, es sentarse con ella a conversar, no solo de su vínculo con Nueva York, sino con su mejor amigo, su familia, sus lecturas, su apreciación de la vida y su interés, como ella lo dice, por ese “revisionismo histórico – el drama casero de ver el mundo cada día de otra forma a través de los ojos de los agraviados”. 


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