Ramón de la Peña ManriqueMonterrey
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Recibí un excelente comentario de un colega referente a la osmolaridad, al decirme: “La unión de los dos océanos, Pacífico y Atlántico, sucede en Cape Horn, la Tierra de Fuego en Chile. Llegan a tocarse pero no se mezclan entre sí. Esto se debe a la osmolaridad, pues la salinidad y la temperatura son diferentes”.

Efectivamente, se conoce como ‘‘osmolaridad’’ a la medida que expresa el nivel de concentración de los componentes de diversas disoluciones. 

Si lo aplicamos a nuestras comunidades, podríamos decir: se conoce como ‘‘osmolaridad humana’’ a la medida que expresa el grado de concentración de ideas, creencias, saberes de las diversas personas, comunidades, países, partidos políticos, empresarios y religiones. 

Y muchas veces esa osmolaridad humana conduce a enfrentamientos de palabras, agresiones y muertes, ahora multiplicadas por las armas masivas de destrucción que fueron creadas por el hombre.

¿Pero entonces qué podemos o debemos hacer, cuál es la solución para esta osmolaridad?, me preguntó mi correctora de estilo. Rápidamente vino a mi mente la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, esa que nos dice que el respeto es esencial para tener armonía conmigo mismo, con mi familia, con las personas que me rodean, con las diferentes creencias, ideas y conceptos de los demás. 

También es esencial, me dije, tener congruencia entre lo que se dice, entre lo que se promete y en lo que se hace. También es importante buscar la armonía en las ideas y conceptos, en que se esté de acuerdo. Por ejemplo, el esquema que siguió nuestro anterior presidente para lograr tener programas aceptados por los diferentes partidos políticos. Ahora resaltaría erradicar la corrupción y eliminar la inseguridad. Pero sobre todo apoyar todo aquello que haga crecer a las personas, a las comunidades y a su medio ambiente.

La reflexión anterior me recordó a Mahatma Gandhi, ese líder espiritual que pasó a la historia como símbolo de la acción política y social usando siempre métodos no violentos para lograr los cambios deseados, para eliminar la osmolaridad entre los grupos sociales de la India, incluidos los ingleses. Su reflexión nos dice: ‘‘Cuando me desespero, recuerdo que en toda la historia el camino de la verdad y el amor siempre han triunfado’’, le dice Gandhi a Mirabeth casi al final de su primera gran huelga de hambre que había iniciado para parar las confrontaciones sangrientas con los ingleses.  ‘‘Ha habido tiranos y asesinos que parecen ser invencibles, pero al final siempre caen (…) Cuando dudes que ése es el camino de Dios de cómo debe ser el mundo, piensa en ello y luego intenta hacerlo a su manera’’. 

Yo soy un ferviente creyente de que las aguas siempre llegan a su nivel correcto y que a cada quien le dan lo que se merece en esta vida o en la otra. Así que no desesperemos ni perdamos la fe. Pensemos, como dice Gandhi, que el camino de la verdad y el amor siempre han triunfado, y luego intentemos hacerlo a su manera. Pero lo que yo he encontrado a lo largo de mi vida personal y profesional es que todos los caminos tienen una base común conceptual: la verdad, la honestidad, el amor, el respeto y la congruencia como principios esenciales de comportamiento.  Y todos los caminos tienen una base común de aplicación que implica: querer ser así y actuar así una, dos, tres y muchas más veces hasta que esos principios se vuelven nuestros hábitos de comportamiento. Imagínese un México lleno de mexicanos con esos hábitos de comportamiento. ¿Lo podremos lograr? 

Termino con algo disruptivo que otro colega me envío, un pequeño grupo de chistes de los mexicanos creativos: un viejito le pregunta a Jaimito: ‘‘oye, niño, ¿cuántos años crees que tengo?’’. ‘Discúlpeme, señor, pero yo sólo sé contar hasta cien’’. La madre de Jaimito le dice a éste: ‘‘A ver si te portas bien porque cada vez que haces algo malo me sale una cana’’. ‘‘¡Ah! Entonces tú debiste haber sido tremenda porque fíjate como está la abuela’’. ‘‘A ver, Jaimito, ¿qué me dices de la muerte de Napoleón?’’. ‘‘Que lo siento mucho, señorita’’, responde. ‘‘Jaimito, ¿por qué haces los números tan pequeños?’’. ‘‘Para que se noten menos los errores, maestra”. 


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