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Las cartas sobre la mesa

La verdadera riqueza

Las cartas sobre la mesa

La verdadera riqueza

Hoy la liturgia nos interpela a preguntarnos dónde está la verdadera riqueza, la respuesta será en la fe, en la caridad y el esfuerzo en las cosas pequeñas.

Leemos en la primera lectura, del profeta Amós, una sentencia fuerte por parte de Dios para quien maltrata a los demás injustamente, como acontece hoy, dice Dios: "no olvidaré jamás ninguna de estas acciones"; queda claro que no puede coincidir la ambición y la avaricia en perjuicio de los más pobres y necesitados. Pablo hace una recomendación muy oportuna, invita a todos a hacer oración, "hagan oración dondequiera que se encuentren", para liberarnos de odios y divisiones. En el evangelio vemos cómo Jesús nos invita a evitar la corrupción y poner la creatividad que Dios nos da en ganarnos el reino de los cielos, siendo fieles en las cosas pequeñas. El mismo evangelio deja claro que la felicidad no reside en la habilidad para hacerse "amigos" con las riquezas de otros. La verdadera riqueza es la riqueza de la fe, que poseen los hijos de la luz.

En una sociedad, en gran parte consumista y materialista, como lo es la nuestra, el dios dinero intenta encandilar incluso a los mejores cristianos. Si vamos hasta el fondo de las cosas, ¿no es el culto al dios dinero la causa principal de muchos problemas? El dinero seduce, nubla, provoca divisiones fratricidas, despierta instintos de ambición, hace sucumbir hasta los principios más sagrados y nobles, endurece el corazón, deshumaniza y hasta hace olvidarse de Dios.

Como creyentes hemos de tener ante nuestros ojos esta realidad y esta tentación, no fácil de vencer. Con espíritu vigilante y con la constancia en la oración, hemos de ejercitarnos en relativizar el dinero, en ponerlo en el lugar que le corresponde en los planes de Dios, en servirnos de él como medio para vivir dignamente, para hacer el bien a los necesitados, para ponerlo al servicio de los demás. No tengamos miedo a esta seducción. Plantémosle cara. Vivamos nuestra vida diaria procurando valorar más y más la riqueza de la fe, la riqueza que es Dios.

¿Por qué no contrarrestamos la seducción del dinero con la seducción de Dios? ¿O es que Dios es tan solo un objeto de fe que ya no nos seduce? El Dios vivo y personal es el mejor antídoto contra todos los ídolos que puedan llamar a la puerta de nuestro corazón.

La luz y la fuerza para trabajar por la verdadera riqueza del hombre se le ofrece al cristiano de la mano de la oración. El cristiano ora por todos, por los reyes y por los que detentan el poder. El hecho mismo de orar por todos implica subordinarlos al poder del Dios vivo, a la riqueza que no se destruye ni se acaba. En la oración comprendemos que Dios juzgará la prepotencia, cuyos abusos gritan justicia al Dios del cielo. En la oración es más fácil entender que la riqueza del hombre consiste en la riqueza de su fe. Es efectivamente en el horno de la oración donde se cuece diariamente el pan de la fe y de la solidaridad fraterna. El orador que alza al cielo manos puras, sin ira y sin rivalidades, descubre la riqueza de la salvación y de la gracia, que Jesús nos regala, relativizando con mayor facilidad cualquier otra riqueza de este mundo. 

En la oración el hombre es iluminado para entender que todos los bienes terrenos vienen de Dios, que el hombre es únicamente su administrador, y que debe administrarlos bien. ¿Podrá acaso el hombre que ora, estafar a Dios, mostrarse prepotente con los que carecen de bienes y riquezas? En la escuela de la oración llegamos a percatarnos de que las riquezas y bienes mundanos son sólo un medio para poder servir mejor a los demás; un medio para que, cuando dejemos la administración de este mundo y nos presentemos ante el juicio de Dios, seamos bien acogidos en las moradas eternas.

Sabemos que la fe es una riqueza que Dios otorga a todos. La Iglesia es una comunidad creyente, en la que hay espacio para todos. Es verdad que hay en la Iglesia una cierta preferencia por los pobres, y está más que justificada. Pero la Iglesia es de todos y para todos. La riqueza está en mi relación con Dios y en el sentido de amor con el que me relaciono con los demás.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.


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