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Al Punto

Las penas con pan son menos

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Las penas con pan son menos

La comida siempre es tema. En cierta ocasión pasé una cena entera escuchando a dos amigos enfrascados en temas de platillos con tanto o más interés que en el fútbol y con tanta o más erudición que en su propia profesión.

La comida figura entre los grandes temas de la vida humana porque es mucho más que un elemento de supervivencia; es arte, es cultura, es rito, es educación, es solidaridad, es convivencia, y hasta es alivio para la tristeza –como escribió Cervantes: “Las penas con pan son menos”.

También para la fe cristiana, la comida posee un alto significado. Jesús se definió a sí mismo en estos términos: “Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del cielo”, y nos dejó la Eucaristía. Los creyentes sabemos que bajo las especies del pan y del vino consagrados en la Misa se esconden y revelan el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Cabría decir que el milagro de la Eucaristía consiste en la “materialización” del Dios-Amor en quien creemos, de modo que lo recibamos tan palpablemente como se recibe un beso y lo consumamos tan sencillamente como se consume un alimento.

La Eucaristía es Cristo-Amor que se nos da, que se funde con nosotros, que nos comparte su vida, que nos acoge, que nos escucha, que nos transforma, que nos fortalece, que nos perdona y sana, que nos eleva y dignifica, que nos consuela y acompaña, que nos compadece, que nos salva.

Sólo la genialidad de Dios ha podido concebir un don como la Eucaristía. Bien consciente, por cierto, de que los hombres no le daríamos ni la debida importancia ni el suficiente respeto. No hace muchos días visité Chicago. Fui invitado a celebrar un matrimonio y predicar una novena. Coincidió en esos mismos días un festival-concierto de cuatro días llamado Lollapalooza; de modo que me topé con casi 400,000 jóvenes hormigueando por las calles de Chicago en dirección al Grant Park. El contraste infinito lo sentí cuando entré en una iglesia para rezar un rato. El Sagrario estaba allí, con la vela roja encendida significando la presencia viva de Cristo. Durante la media hora que estuve ahí, sólo una pareja de jóvenes entró y rezó un momento. Salí de aquella iglesia y me envolvió de nuevo el tumultuoso flujo juvenil, con vistosas cabelleras de colores y atuendos que es mejor no describir. No los culpo. Y Dios con toda seguridad muchísimo menos; me vienen a la mente sus palabras al profeta Jonás: “¿No he de apiadarme de Nínive, la gran ciudad, en la que hay mucho más de 120,000 personas que no saben distinguir entre su derecha y su izquierda?”.

Uno de los grandes retos pastorales de nuestro tiempo es inculcar de nuevo en los fieles, sobre todo jóvenes, la sensibilidad eucarística. Por fortuna, no faltan grupos juveniles que hacen de la Eucaristía el centro de sus encuentros y celebraciones. El Papa Benedicto XVI definió la Eucaristía como el corazón palpitante de la Iglesia. Ojalá lo sea también de cada persona, de cada familia y del mundo entero. Habría más alegría; pues las penas, con este Pan, siempre serán menos.


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