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Latitud

Lastre cero

Latitud

Lastre cero

En Monterrey se cultiva el hábito cada vez más generalizado de que personas de 40 o 50 años vivan solas.

Vivir sin compañía no es sensación grata pese a que rondan fanáticos de esa costumbre insólita hasta hace pocos años.

Falta en su soledad intencionada una especie de afecto íntimo que sólo puede trasmitir el cuerpo de otra persona (aquí ausente), y que ningún contacto en WhatsApp o Tik Tok compensa.

El ser humano no disfruta las ausencias más que pasajeramente. Tarde o temprano le faltará pulsar diariamente el cuerpo cálido, la mano compartida, la voluntad mutua de soledades juntas.

Ahora que están de moda los matrimonios separados –él en su casa, ella en la suya – cabe pensar que en el fondo esto es tendencia a no comprometerse, a no darse del todo, a no entregarse uno al otro como pareja; a levantar una pared invisible. ¿Les dará la felicidad esta supuesta terapia? Lo dudo.

La tendencia natural de un ser es vivir con otro ser. Las ausencias se viven como falta, vacío, nunca como terapia para alcanzar la salud mental.

Muchos cincuentones viven solos y no se jactan de su condición de soledad. Una amiga vive sola y se marchita leyendo libros sobre budismo. Otro sale a correr en pants. Otra vive sola y apenas comparte horas nocturnas con parejas olvidables. Otro sufre una depresión que es como una sombra azul que se le escapa rastreando las esquinas.

¿Son estas personas prototipo de una buena parte de la humanidad que no busca restricciones? No: son simplemente solitarias. Acaso liberadas de las ataduras sociales del "qué dirán" y amantes del mantra mexicano del "me vale".

Conmueve el que ciertas personas que han decidido vivir solas tras llegar a los 50 se desmoronen de pronto como castillo de naipes y concluyan entonando una cantaleta parecida: "Es que ya no soy el mismo de antes". ¡Pero uno siempre los ha visto igual!

Ayer, una amiga se confesó en una cena ante su círculo de amistades: "Malgasté mis años. No le pido a Dios más tiempo. Doy mi vida por vivida. Punto final. Se marcharon mis hijos, no tengo pareja. Soy un ave nocturna. Mis días comienzan a las 03:00 de la tarde".

Para este tipo de personas echo mano de un nuevo término acuñado por los publicistas: "lastre cero".

Así les llaman a las personas que desdeñan cualquier obligación permanente. Tampoco tienen expectativas a largo plazo.

Muchos regiomontanos cincuentones son el "lastre cero" en el comercio del amor: les desagradan las expectativas de largo aliento y las carreras maratónicas. Ganan en libertad lo que pierden en estabilidad. La corona que se labran esa se ponen.

No suelen cargar nada. Son lastre cero. Pero viven su vida sin molestar a nadie. Y para ellas (y nosotros) eso ya es ganancia.

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