Ron RolheiserMonterrey
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He sido bendecido y maldecido por una inquietud congénita que no siempre me ha hecho fácil la vida. Recuerdo que cuando era niño vagaba inquieto por la casa, el patio y luego los pastizales abiertos de la granja de mi familia en las praderas.

Nuestra familia estaba cerca, mi vida estaba protegida y segura, y me criaron en una fe religiosa sólida. Eso debería haber forjado una infancia pacífica y estable y, en su mayor parte, lo hizo. Me considero afortunado.

Sin embargo, toda esta estabilidad, al menos para mí, no impidió una inquietante intranquilidad. Más superficialmente, sentí esto en el aislamiento de crecer en una comunidad rural que parecía muy alejada de la vida en las grandes ciudades. Las vidas que veía en la televisión y sobre las que leía en los periódicos y revistas me parecían mucho más grandes, más emocionantes y más significativas que las mías. Mi vida, en comparación, era pálida, parecía pequeña, insignificante y segundera. Anhelaba vivir en una gran ciudad, lejos de lo que sentía que eran las privaciones de la vida rural. Mi vida, al parecer, estaba siempre alejada de todo lo que era importante.

Además de eso, me atormentaba el comparar mi vida, mi cuerpo y mi anonimato con la gracia, el atractivo y la fama de los atletas profesionales, estrellas de cine y otras celebridades que admiraba y cuyos nombres eran familiares. Para mí, tenían vidas reales, unas que yo sólo podía envidiar. Además, sentía una inquietud más profunda que tenía que ver con mi alma. A pesar de la genuina intimidad de una familia cercana y una comunidad muy unida en la que tenía docenas de amigos y familiares, ansiaba una intimidad singular y erótica con un alma gemela. Finalmente, vivía con una ansiedad incipiente que no yo entendía y que en su mayoría se traducía en miedo, miedo de no dar el kilo y temor de cómo estaba viviendo la vida frente a lo eterno.

Esa fue la parte fastidiosa, más todo esto también trajo una bendición. Dentro del caldero de esa inquietud, discerní (escuché) una llamada a la vida religiosa con la cual luché durante mucho tiempo porque parecía la antítesis de todo lo que anhelaba. ¿Cómo puede una inquietud ardiente, llena de eros, ser una llamada al celibato? ¿Cómo puede un deseo egoísta de fama, fortuna y reconocimiento ser una invitación a unirse a una orden religiosa cuyo carisma es vivir con los pobres? No tenía sentido y, paradójicamente, es por eso que, finalmente, era lo único que tenía sentido. Me rendí a su empuje y fue lo correcto para mí.

Me llevó a la vida religiosa y lo que he vivido y aprendido allí me ha ayudado, lentamente a través de los años, a procesar mi propia inquietud y comenzar a vivir dentro de mi propia piel. Más allá de la oración y la guía espiritual, dos gigantes intelectuales en particular me ayudaron. Como estudiante de 19 años, comencé a estudiar a San Agustín y Tomás de Aquino. Mi mente aún era joven y no estaba formada, pero comprendía lo suficiente de lo que estaba leyendo para comenzar a entablar amistad con las complejas inquietudes dentro de mi propia alma, y dentro del alma humana en general. Incluso a los 19 años (tal vez particularmente a los 19), uno puede comprender existencialmente el dicho de Agustín: Tú nos has creado para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en ti.

Y luego estuvo Tomás de Aquino que preguntaba: ¿Cuál es el objeto adecuado del intelecto y la voluntad humana? En resumen, ¿qué tendríamos que saber y estar enamorados para satisfacer cada llama de inquietud dentro de nosotros? Su respuesta: ¡Todo! El objeto adecuado del intelecto y la voluntad humana es el Ser como tal: Dios, todas las personas, toda la naturaleza. Sólo eso nos satisfaría.

Excepto ... eso no es lo que nosotros pensamos en general. La inquietud particular que experimenté en mi juventud es de hecho una enfermedad casi universal. Prácticamente todos nosotros creemos que la buena vida sólo la tienen quienes viven en otros lugares, lejos de nuestras propias vidas limitadas, ordinarias, insignificantes y de pueblos pequeños. Nuestra cultura nos ha colonizado para creer que la riqueza, la celebridad y la comodidad son el objeto adecuado del intelecto y la voluntad humana. Estos son, para nosotros, ‘‘el Ser como tal’’. En la percepción actual de nuestra cultura observamos los hermosos cuerpos, el estatus de celebridad y la riqueza de nuestros atletas, estrellas de cine, presentadores de televisión y emprendedores exitosos, y creemos que ellos tienen una buena vida y nosotros no. Nosotros estamos en el exterior, mirando hacia adentro. Nosotros ahora somos, en efecto, todos niños de granja en el despoblado envidiando la vida en la gran ciudad, una vida accesible sólo para unos pocos muy selectos, mientras nosotros somos crucificados por la falsa creencia de que la vida sólo es emocionante en otros lugares, no en el lugar donde nosotros vivimos.

Sin embargo, nuestro problema es que, como Rainer Marie Rilke señaló alguna vez a un joven poeta aspirante que creía que su entorno humilde no le proporcionaba la inspiración que necesitaba para la poesía, que si nosotros no podemos ver la riqueza en la vida que de hecho estamos viviendo, entonces no somos poetas. 


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