Ron RolheiserMonterrey
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Todos luchamos por no rendirnos ante la frialdad y al odio. Esto fue incluso una lucha para Jesús. Al igual que el resto de nosotros, él tuvo que luchar, a veces vigorosamente, para permanecer cálido y amoroso.

Es interesante observar esto en el Evangelio de Lucas. Este es el evangelio de la oración. Lucas muestra a Jesús orando más que todos los otros evangelios combinados. Además, en el evangelio de Lucas, los discípulos de Jesús estaban intrigados por su oración. Sintieron algo extraordinario acerca de Jesús, no porque él pudiera caminar sobre el agua y hacer milagros, sino porque, a diferencia de los demás, de hecho, él podía poner la otra mejilla. Él era lo suficientemente fuerte como para no ceder a la frialdad ante el odio tan fuerte que amenazaba su propia vida. En cada situación, sin importar lo amarga que fuera, él podía ser comprensivo y perdonar y nunca dudar de que el amor y la gracia son lo más real.

Sus discípulos sintieron que él extraía esta fuerza de una fuente oculta, un pozo profundo de sustento que él llamaba su Padre y al que él acezaba a través de la oración. Por esta razón, en el evangelio de Lucas, los discípulos le piden a Jesús que les enseñe a orar. Ellos también quieren obtener sustento de esta fuente.

Sin embargo, también vemos en el evangelio de Lucas que esto no siempre viene sin lucha. A veces las cosas parecen fáciles para Jesús, él encuentra amor y comprensión, y su ministerio es alegre y fácil. Pero cuando las cosas comienzan a colapsar, cuando las fuerzas del odio comienzan a rodearlo, cuando la mayoría de sus seguidores lo abandonan y lo traicionan, y cuando su propia muerte se vuelve inminente, entonces, como el resto de nosotros, el miedo y la paranoia amenazan con abrumarlo. De hecho, esta es la esencia de su lucha en el Jardín de Getsemaní, su llamada agonía.

En pocas palabras, es bastante fácil ser comprensivo, amar y perdonar cuando estás bañado en estos sentimientos. Otra cosa es cuando tu propia adhesión a éstos te hace objeto de malentendidos, odio y asesinato. Y así, en Getsemaní, vemos a Jesús postrado, humanamente devastado, en el suelo, luchando poderosamente para aferrarse a un cordón de sustento que siempre lo había mantenido en confianza, amor y perdón, y había mantenido a raya la paranoia, el odio y la desesperación.  Y la respuesta no es fácil para él. Tiene que orar repetidamente y, en las palabras de Lucas, “sudar sangre” antes de poder recuperar el equilibrio y arraigarse nuevamente en esa gracia que lo sostuvo a lo largo de su ministerio. El amor y el perdón no son fáciles. El no ceder a la ira, la amargura, la autocompasión, el odio y el deseo de venganza tampoco fueron fáciles para Jesús.

Y esa es nuestra principal lucha moral: el no rendirnos a nuestra reacción natural cuando no somos respetados, menospreciados, ignorados, mal entendidos, odiados o víctimas pequeñas o grandes. Frente a esto, la paranoia se apodera automáticamente y casi todo dentro de nosotros conspira para crear una presión obsesiva hacia la devolución en especie, insulto por insulto, falta de respeto por falta de respeto, fealdad por fealdad, odio por odio, violencia por violencia.

Sin embargo, hay otra posibilidad: como Jesús, quien tuvo que luchar para no rendirse a la frialdad y al odio, nosotros también podemos sacar fuerzas a través del mismo cordón umbilical que lo alimentó. Su Padre, la gracia y la fuerza de Dios, también nos puede nutrir.

En su famosa película, La pasión de Cristo, Mel Gibson se centra en el sufrimiento físico que Jesús tuvo que soportar durante su pasión y muerte. En parte, esto tiene algo de mérito, ya que los sufrimientos de Jesús fueron, de hecho, bastante horribles. Mas en gran parte pierde de vista el punto, como vemos en los evangelios. Éstos centran la atención en minimizar cualquier enfoque en los sufrimientos físicos de Jesús. En los evangelios, la pasión de Jesús no es un drama físico sino moral, de hecho, es el máximo drama moral. La verdadera lucha de Jesús mientras sudaba sangre en Getsemaní no era si se permitiría morir o invocar el poder divino y escapar. La pregunta era sólo sobre cómo iba a morir: ¿En amargura o amor? ¿En odio o perdón?

Esa es también nuestra lucha moral definitiva, una que no sólo nos enfrentará en el momento de la muerte, sino una que nos enfrenta a diario, cada hora. En cada situación de nuestra vida, pequeña o grande, en la que somos injustamente ignorados, insultados,  odiados o victimizados de alguna manera, nos enfrentamos a una opción de cómo responder: ¿Amargura o comprensión? ¿Odio o amor? ¿Venganza o perdón?

Y, como Jesús luchando en Getsemaní, tendremos que luchar para seguir aferrándonos a algo más allá de nuestros instintos naturales, más allá del sentido común, más allá de nuestros dictados culturales. Hacer lo que viene naturalmente no nos hará bien. Hay que acezar algo más allá de nuestro ADN.

La primera palabra que sale de la boca de Jesús en los evangelios sinópticos es la palabra metanoia. Entre sus otros significados, es lo opuesto a la paranoia. Significa confiar, incluso ante la desconfianza. La paranoia es natural para nosotros, la metanoia no lo es; se requiere luchar para obtener sustento de una fuente más profunda.

Ron Rolheiser. OMI


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