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Latitud |Luis Martín: nada se acaba y todo empieza siempre

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Luis Martín: nada se acaba y todo empieza siempre

Hoy, 31 de agosto del año 2072, varios jóvenes se reúnen a platicar y tomar cerveza en un bar. Son actores. O se creen actores. 

Le piden consejo a un anciano flaco y melenudo que se apoya con un bastón, sobre una obra de teatro muy antigua (se escribió hace 70 años) que quieren montar de nuevo. Se titula Civilización. 

Los temas de la obra siguen tan vigentes como en aquel entonces: la depredación de los políticos, las constructoras transas, la especulación inmobiliaria (aunque antes los edificios se construían con materiales ya obsoletos como el vidrio y el concreto). 

Por supuesto, cada joven está en realidad en su respectiva casa porque el bar donde platican con el viejo flaco y melenudo es virtual. Están en el metaverso. 

La cerveza, real o virtual, eso sí, embriaga lo mismo. Los hologramas también se emborrachan y vomitan algoritmos. 

“Yo vi esa puesta en escena hace varias décadas en Monterrey”, recuerda el viejo flaco y melenudo. “No actué en ella. La montó el mejor director teatral de aquella época. Se llamaba Luis Martín”. 

Algunos de estos jóvenes actores, o más bien, los avatares en el metaverso de estos jóvenes, se quedan con los ojos cuadrados, como si les hablaran de la prehistoria. Saben de la trayectoria de Luis Martín y alguien les dijo por ahí que las obras de teatro solían montarse en vivo. El público se sentaba en butacas (especie de silla gamer), mirando al escenario. Ni siquiera existía el metaverso. 

Otros desconocen quién fue Luis Martín y el viejo se los aclara pacientemente: “deben saber que ese hombre es legendario en Nuevo León. Dedicó al teatro su paso por este mundo y también se dio tiempo para escribir libros de historia regional, defender la arquitectura de principios del Siglo XX y ser activista social”. 

Y continúa el viejo flaco y melenudo: “Si quieren más información sobre don Luis Martín visiten esos templos mágicos que ya nadie frecuenta, denominados bibliotecas. Ahí podrán leer los libros que don Luis escribió. Con algo de suerte hallarán las memorias que le publicó la UANL en el lejano año de 2023”. 

“Y si me apuran con mis recuerdos, les diré que en ese mismo año de 2023 se publicó otro libro muy extenso y detallado sobre la trayectoria teatral de mi maestro, cuyo título es Luis Martin: el engaño colorido. Su autor fue buen amigo mío, se llamaba Eloy Garza, quien murió halla por el año de… bueno, ya no me acuerdo bien”. 

Mientras el anciano diserta sobre estas personas ya finadas, los jóvenes exploran el hashtag “Luis Martín” para confirmar que el viejo les cuenta la verdad (ahora los chavos ya no son tan ingenuos ni tan confiados como sus pobres papás aspirantes sólo a gamers). 

Y en efecto. No son mentiras. Ni exageraciones. Dado que es actor, este viejo tiene estupenda memoria porque empezó desde muy joven a pisar los escenarios (memorizar guiones es una práctica ideal para el cerebro; es gym mental). 

De manera que los jóvenes en este bar virtual, o para ser más precisos, los avatares de estos jóvenes, le preguntan al viejo si no existen imágenes animadas (antes llamadas videos), sobre Luis Martín 

El anciano les contesta que sí. En una red social ya descontinuada, antes conocida como YouTube, se concentran infinidad de entrevistas, conferencias, breves obras de teatro o escenas montadas por su añorado maestro. 

También en una red ya desaparecida, llamada Facebook, Luis Martín solía escribir posts sobre su amistad con profesionales de las tablas, así como reflexiones sociales y especialmente críticas políticas (don Luis era muy duro e inclemente con los políticos mediocres o ladrones). 

El recuerdo de las puestas en escena de Luis Martín sigue vivo porque tocaba fibras muy sensibles para la época: cuestionaba el sistema, asumía el arte como una forma artística de protesta, creía que la imaginación era útil para juzgar y ridiculizar al poder corrupto, así como evidenciar las mentiras que subyacen en la construcción de la supuesta “civilización”.  

En cada montaje, Luis Martín denunciaba tácita o explícitamente a los poderosos que nos han robado los sueños y nos han quitado cualquier alternativa para desear libremente lo que queramos. 

El viejo flaco y melenudo se levanta con dificultad y remata como si hablara ante un público invisible: “Don Luis Martin me enseñó a mí y a todos los que cruzamos por su camino, que el verdadero teatro sirve no para entretener sino para reflexionar; no para solazarse sino para poner el dedo en la llaga”.  

A estas alturas, los jóvenes se han puesto a buscar por todos los universos paralelos la vida de Luis Martín. 

Incluso a uno ya se le ocurrió revivir en holograma al maestro: escuchan la imitación fidedigna de su voz de trueno y ven sus simulacros de manoteo. 

El holograma de Luis Martín regaña a un joven actor, flaco y melenudo, porque no repite a la perfección las últimas líneas de la obra Te juro Juana que tengo ganas. 

Son esa líneas líricas y profundas que dicen: “nada se acaba y todo empieza siempre”. 

Los jóvenes perciben que ese muchacho flaco y melenudo del holograma es el mismo anciano flaco y melenudo apoyado en su bastón, con el que platican en el bar virtual.  

“En efecto”, aclara el viejo: “ese personaje de Te juro Juana… se llama Estánfor, y yo lo interpreté muchas veces, en múltiples funciones, dirigido por mi maestro, el inolvidable director de teatro Luis Martín, orgullo de Nuevo León y de todo México”. 

Dicho esto, Dante Vargas toma su bastón y sale lentamente del bar virtual.


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