Ramón de la Peña ManriqueMonterrey
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"En un lugar en donde se practica la corrupción tal y como se come y bebe, o sea, todo el tiempo, ¿también se practica la honestidad?´´, fue el inicio de un excelente mensaje de una amiga de ya hace tiempo.

El mensaje lo inicia diciendo: ´´En el diario de hoy en El Horizonte viene un interesante artículo de Ramón de la Peña, en donde habla precisamente del conflicto de interés que representa el hacer una cosa y decir otra; o sea, el de platicar algo cuando se practica algo diferente a lo platicado.  Porque para mí es cierto que Nuevo León es un ejemplo de lo que no debe ser: el asumirse como decente o respetable cuando nuestras acciones hablan de nosotros algo distinto a lo que con la boca decimos´´.

Después, me comenta lo que le pasó en su visita a un supermercado que está por Gómez Morín: ´´Muy frecuentado por las señoras y sus choferes de la alta sociedad regiomontana que viven y moran precisamente en las residenciales áreas de San Pedro Garza García, Nuevo León; pues bien, después de hacer mi compra, llegué al lugar en donde hay un semáforo para retornar y regresar al norte por Gómez Morín, y no alcancé la luz verde para pasar, por lo que yo era la segunda persona esperando en la lateral de Gómez Morían al cambio del semáforo para retornar ahí al norte. Detrás de mí inmediatamente se formó una enorme fila de carros porque el semáforo que está a la mera entrada en el norte del súpermercado ha sido cancelado, no sé la razón, y ello perjudica tanto al súpermercado como a sus clientes que no vivimos en Chipinque o en alguna de las colonias arriba de la Sierra Madre. 

Y continúa con su mensaje: ´´Ahí andaba yo, como dice Ramón, esperando pacientemente en mi coche sin leyendas a que cambiara la luz, y de pronto aparece una joven, de aquel grupo que se siente más lista que los demás, que para no ponerse en la fila como le correspondía, se puso a mi lado, fuera de la fila existente amenazando mi espacio, y llamando mi atención me hizo señas con una sonrisota, de si ´porfa´ la dejaba pasar para no chocar conmigo o con los demás que sí estábamos en la cola. Pensé: ´Esta joven a mí no me perjudica dejarla pasar, pero me va a chocar si no la dejo pasar, o va a chocar a alguien más si no la dejo pasar.  Además, va a perjudicar a aquellos que estando en la cola no alcancen a pasar porque pasa ella´.  Aún así, para evitar un conflicto peor, le hice la seña de que sí la dejaba pasar, ello a pesar de saber que era odioso lo que la chava estaba haciendo´´.

Culmina su mensaje esta amiga muy apreciada diciéndome: ´´Esta joven cumple muy bien con lo expresado por Ramón de la Peña en su interesante artículo, porque ella sabía perfectamente que era incorrecto el simple acto e aprovecharse de los demás que sí estábamos haciendo cola, y una vez más se demuestra que no valen las sonrisas ni valen las apariencias. Si respetas el derecho de los demás, te vas a la cola y no pones en riesgo a los que están formados respetando el derecho de los demás.  O sea: la honestidad se practica, no se platica y, a decir verdad, todos debemos pensar en esto cuando nos dé la tentación de no hacer cola, por la razón que sea´´.

Se preguntará usted: ¿podremos cambiar esta situación? Tengo que admitir, le diría, que el porcentaje de "Auténticos Gandallas" en nuestra comunidad es relativamente pequeño. En eso recordé un comentario que me hicieron ya hace tiempo: "En una comunidad, entre el 5 y 10 % de las personas son siempre honestas, entre el 5 y 10% tienden a ser siempre deshonestas, pero el resto depende de las circunstancias. Como ven, hay dos caminos para cambiar esta situación: que efectivamente queramos ser siempre honestos, respetuosos de normas y reglamentos, y respetuosos de los derechos de los demás y que existan siempre consecuencias ante un mal comportamiento. Sin olvidar que de las promesas a los hechos siempre debe de existir alguien capaz de hacer que las cosas sucedan. 


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