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"¿Quieres una paleta de agua o una de leche?", me preguntaba mi abuelita cuando iba por mí al jardín de niños. Y recuerdo que yo le respondía: "Las dos, güelita". A lo que ella me replicaba muy seria: "O una o la otra, sólo los ricos pueden pedir las cosas con una ´y´ intermedia".

Fue esa una de mis primeras lecciones de lingüística y aprendí bien pronto a despedirme de la conjunción copulativa que es la "y", para acostumbrarme a vivir con las conjunciones disyuntivas que son las "o" y las "u". 

Les platico: como me dedico al Big Data, donde todo en la vida es numerología con un cruce infinito de variables, sé que la mayoría de mis lectores pertenece a las llamadas generaciones baby boomers –nacidos entre 1946 y 1964– a la X –del 65 al 79–, y en menor escala a la de los millennials, que nacieron entre 1980 y 1999. 

Casi no me leen los de la Z –del año 2000 para acá–, pero sí hay uno que otro. Para cada una de esas "nomenclaturas", los expertos han identificado patrones de comportamiento que ayudan en procesos de comunicación, socialización y muy fuertemente en el ámbito laboral. 

La tendencia es que mientras más cercana a los tiempos actuales es la generación a la que pertenecen las personas, más individualistas se vuelven. 

Por experiencia propia, tengo mi propia clasificación. Habemos quienes crecimos en ambientes donde no se podía tener todo lo que uno quería, porque por más lucha que se hiciera, no teníamos los elementos o la preparación suficientes para conseguirlos. 

Entonces o teníamos una cosa o la otra y, a veces, ninguna de las dos, es la cruda verdad. Por ejemplo, yo me moría por estudiar comunicación cuando el Tec de Monterrey fue de los primeros en México en ofrecer esa carrera, pero por más que quise y le eché ganas –y mis papás también–, pues no se pudo y entonces tuve que elegir otra carrera. 

Era una "u" otra "o" ninguna. Conforme los años fueron pasando, me di cuenta de que de repente tenía lo suficiente para hacer uso de la conjunción copulativa, pero algo en mi fuero interno me llevaba a alejarme lo más posible de esas diabólicas tentaciones en forma de "y´s". Mi abuela le llamaba a eso la batalla ganada por la sobriedad y la frugalidad frente a lo desmedido y lo retórico. Pero vinieron los hijos y fue ahí donde flaqueé como muchos otros padres de mi generación –de las dos–: la de los baby boomers y la de las conjunciones disyuntivas. A las primeras de cambio me di cuenta de que en los críos, querer esto "y" lo otro también se volvió conquista sindical. Eso fue porque caí en la trampa de que "si algo no tuve yo, mis hijos lo van a tener, sí señor". 

Me sorprendí de pronto siendo pródigo con ellos en conjunciones copulativas, mientras yo seguía aplicando en mi vida las disyuntivas. Y el colmo: por cada "y" que yo aplicaba en mi vida, me sentía con la obligación de darles a ellos una o más de de esas, para no sentir culpabilidad por darme el "lujo" de tener de las dos y no escoger entre una de ellas. Háganme ustedes el favor. 

Del afán de tenerlo "todo" se derivan la presión alta, el estrés, los infartos, los estados depresivos y el Valium se consume como si fueran MyM. La generación de las conjunciones copulativas quieren todo porque creen que se merecen todo: escuela cara aunque no sean las mejores ni aprendan o aprovechen lo que deben; carro en lugar de caminar o pedir aventón; que papi o mami los lleve en vez de pagarse el uber con sus ahorros; semanada –no mesada– para irse de reventón en vez de buscarse diversiones menos onerosas; vacaciones no porque las necesiten, sino porque creen merecerlas; dormir la mona hasta el mediodía en lugar de aprovechar los horarios escalonados de la universidad para ponerse a jalar. 

En fin, la generación del "y" quiere la vida peladita y en la boca. Quieren que el maná les caiga del cielo y lo quieren embotellado a todo lujo. 

Eso, creen merecerlo todo. Si lo dudan o piensan que estoy exagerando, platiquen con ellos y verán que están exhaustos. Poquito les falta para quedarse una semana en la cama zonzeando con el celular y viendo Netflix. Ellos son la generación joven y cansada porque las "y" saturan su existencia y cuando por pura necesidad las "u" o las "o" aparecen en su vida, se quieren morir. 

Pero ni hablar, "son nuestros hijos y más que comprenderlos, hay que quererlos", dirán los defensores de los sacrosantos valores de integración familiar. 

CAJÓN DE SASTRE 

"No necesariamente", opina mi Gaby, y el alcance de su sentencia es inconmensurable. 

placido.garza@gmail.com

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