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La Hormiga

Miedo a la vida

La Hormiga

Miedo a la vida

Unas preguntas y unas respuestas polémicas: ¿Le tienes miedo a la vida? ¿Cuántas decisiones no has tomado precisamente por temor a ciertas consecuencias que crees que te van a perjudicar? ¿Vives semiparalizado por no actuar conforme a tus convicciones y conocimientos, por miedo a perder trabajo, clientela, pareja, seguidores o algo más?

Caminar con el peso del miedo en el lomo, es llevar un costal de piedras filosas que pesan y se encajan en busca de su espacio, al punto de acomodarse en cualquier lugar que te quebrante e impongan su ley. Llega el momento en que el costal se convierte en compañero de vida, del que prácticamente es imposible desprendernos. Nos acompaña de día y con frecuencia, en las profundidades del sueño. Es un compinche de viaje indeseable que deberíamos tirar para viajar ligero.

Los momentos actuales por los que atravesamos, como la pandemia, la crisis económica, la inestabilidad política, la falta de un claro y confiable liderazgo, provocan que nos congelemos y más que nunca nos dé miedo tomar decisiones importantes para nosotros y nuestras familias, cuando es factible que nos encontremos en el mejor momento para dar el paso adelante y dejar atrás a los temerosos y pusilánimes que podrían ser competidores pero no se atreven. 

El miedo provoca la inacción, que a su vez opaca el ánimo y cultiva el miedo, lo que constituye un círculo vicioso que nos atrapa.

Lo que uno ha querido en la vida, está del otro lado del miedo.

Razones no faltan: tengo tres hijos, renta mensual, la letra del carro, me siento agotado, quiero ir de vacaciones, hace cuatro años que no visito a mi familia en provincia, el carro necesita llantas nuevas, mantengo a mis padres, etcétera, etcétera. Por lo general, nosotros construimos el tamaño del obstáculo. 

¿Qué virtud tienen aquellos que siguen su vocación al punto de no comer, cortarse una oreja y/o morir en la miseria, con tal de no dejarse vencer por el miedo? ¿Cuántos hacen todo lo contrario y se atan a la pata de un escritorio, un fardo o una relación, y ahí se quedan con el temor que los envuelve y apaga, para acabar presas de la amargura y el decaimiento? ¿A cuál de estos grupos deseas pertenecer?

En El Arte de la Fuga, Sergio Pitol, que llegaría a ser un escritor de prestigio y recibir reconocimiento, premios y los dineros que conllevan, los que no lo hicieron rico pero le dieron felicidad, narra su pésima situación económica en Barcelona y sin embargo no ceja en su vocación de escribir y traducir. Su búsqueda es la felicidad a medias, entendida como la única que como adultos podemos intentar alcanzar, ya que la felicidad total o perfecta es atributo de la infancia. Pitol tuvo la enorme ventaja de saber lo que quería, lo que es la mitad del camino. La otra mitad está en llevarlo a cabo con determinación y arrojo, pero siempre con responsabilidad. Una cosa es no tenerle miedo a la vida y otra actuar irresponsablemente. Actuar sin miedo a la vida sólo puede hacerse con responsabilidad, de lo contrario es un acto de locura, un delirio camino al abismo, que además puede afectar seriamente a otras personas, incluyendo infantes y gente con capacidad restringida.

Es conveniente que el irresponsable le tema a la vida, pues su irresponsabilidad tiene precio y le puede salir muy cara. Por ello, el responsable que va a tomar una decisión existencial relevante, primero se prepara, hace el ahorro, busca la nueva residencia, la compañía romántica, donde trabajar, etc. y cuando tiene listo lo indispensable, toma la decisión. Antes, no.

El miedo, decía Aristóteles en Ética a Nicómaco, es la espera de un mal. Es anticipar que sobrevendrá lo indeseable. Vivir en esa circunstancia es vivir congelado, pero como hielo fuera del congelador, que día con día reduce tamaño y capacidad, hasta derretirse sin fuerza ni propósito. ¿Quién quiere estar así? 

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