Opinión

Latitud |Monterrey y los regalos del cardiólogo

Monterrey y los regalos del cardiólogo

Para variar, ayer tuve cita con el cardiólogo. A todos nos gusta usar y hablar del corazón pero a nadie le gusta saber del propio. 

Como todos los verdaderos valientes, dos días antes de la consulta se me quitaron hasta las ganas de comer. 

Arritmias e hipertensión. A fin de descartar daños mayores el médico me agendó una prueba de tolerancia física. Es entonces cuando a los pacientes nos cae una verdad de a kilo: “Soy mortal”. 

Lo que José Alfredo, el mejor filósofo de México, desglosó, burlándose de los machos: “y tú que te creías el rey de todo el mundo”.

No pensé cambiarme de religión, ni poner en orden los pendientes de mi vida, ni salir corriendo a pedir perdón a quienes podrían merecerlo (aguanten vara). 

Los cardiólogos nos cantan más o menos la misma canción: “Tendré que recetarte telmisartán y rosuvastatina. Elige únicamente entre dos opciones: las medicinas o bajar de peso y hacer ejercicio diario”. 

Obviamente el lector imaginará que sin pensarlo dos veces solté mi categoría y definitiva respuesta: “las medicinas”. 

Uno nunca está sólo en sus lamentos. Apenas salí del consultorio cuando gracias a un amigo me enteré de la última moda: regalar a la pareja no un ramo de rosas rojas, ni una caja de chocolates y mucho menos unos pendientes de Tiffany (¿con qué ojos, divino tuerto?), sino una tomografía computarizada de corazón, en sus dos modalidades: la angiografía (si el propósito es examinar sus arterias) o la gammagrafía (si el regalo se dirige a detectarle calcio coronario). 

Hace un año mi amigo susodicho recibió de su esposa este regalo tan melosamente romántico. 

Mi amigo es financiero cincuentón, deportista de alto rendimiento y dueño de una envidiable agilidad mental. Los resultados del escáner fueron dos arterias tapadas.

“Soy mortal” dijo mi amigo, quien sigue vivito y coleando. 

Por mi parte, como soy de esos amantes a la antigua, que suelen todavía mandar flores, yo seguiré con el arreglo enviado a domicilio. No vaya a ser que me acusen de mal de ojo.


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