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Latitud

Nahui Olin desnuda en la cisterna

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Nahui Olin desnuda en la cisterna

Ahora que escasea el agua en Monterrey, y por ende se encarecieron las cisternas, me acordé (ya verán por qué) de una de las mejores novelas mexicanas que en realidad no es una novela, ni su autor fue novelista sino pintor. 

La obra se titula Gentes profanas en el convento y son las memorias lujuriosas de Gerardo Murillo, mejor conocido como el Dr. Atl (agua, en náhuatl), uno de los artistas más estrafalarios, exóticos y exagerados que haya dado nuestro país. También fue nazi. 

Tras escapar de la gesta revolucionaria con una blusa de encaje robada a una muerta, el Dr. Atl llegó a la Ciudad de México. 

Lo primero que hizo en la Capital fue adueñarse del gigantesco Convento de La Merced, convertido en una bulliciosa vecindad y casi dada al olvido. 

Ahí se llevó a vivir a su amante, la bellísima Carmen Mondragón, a quien el Dr. Atl rebautizó como Nahui Olin (no lo pronuncien con acento porque en náhuatl no se acentúa). 

El Dr. Atl y su amante se bañaban cada mañana en el tinaco de la azotea del convento, que surtía a las familias del vecindario. Como es de esperarse, las mujeres comenzaron a injuriar a la pareja, llamándolos: "cochinos e inmorales". 

Y el Dr. Atl se preguntaba sinceramente: "¿cochino yo? ¿Cómo puede llamarse cochino a un espíritu que se baña en un tinaco? Aquellas mujeres no comprendían que mi baño era en realidad una verdadera ceremonia litúrgica, con todos los requisitos de un oficio divino: agua lustral, iluminación celestial, santidad del neófito y presencia de un ángel verdadero". 

Hasta que un día los hombres vieron a Nahui Olin con sus enormes ojos verdes y su cuerpo perfecto, completamente desnuda, zambulléndose en el líquido helado y entendieron la susodicha "iluminación celestial" a la que se refería el Dr. Atl. 

Después de esa masiva revelación mística, los vecinos se resignaron a beber agua sucia y montaron una galería de sillas en el techo, para contemplar extasiados el espectáculo de la diosa azteca matutina. Los niños tenían prohibido asomarse a la azotea.

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