Opinión

Latitud |Niños prodigio en las pantallas de cine

Niños prodigio en las pantallas de cine

Cuando se hacen adultos, la mayoría de los niños prodigio del cine pierden el encanto.

Es como una maldición gitana que no respeta épocas ni nacionalidades.  Yo lo denomino “Síndrome Shirley Temple”: a esta promesa infantil se le diluyó el carisma en cuanto pasó a la adolescencia. 

Acabó apartada del cine y como ogra de cuento, fue promotora de guerras, defensora de la tortura, la discriminación racial y otras causas reprochables.

El Síndrome Shirley Temple lo padeció el niño más simpático que haya parido el cine mudo y hablado: Jackie Coogan.

Descubierto por casualidad por Charles Chaplin en un vodevil, fue la estrella principal de la película The Kid (1921).

Por primera vez en el cine, el público contempló una escena magistral. Unos oficiales del orfanato le arrebatan al vagabundo a su hijo adoptivo y el cómico salta de tejado en tejado para alcanzar el camión donde llevan al niño.

El público de entonces no sabía si ponerse a llorar o soltar la carcajada, así que terminó haciendo las dos cosas: llorar y reír al mismo tiempo.

De mayor, Jackie Coogan se volvió alcohólico, se casó siete veces y acabó interpretando al Tío Lucas en la serie de Los Locos Adams.

Judy Garland fue una falsa niña prodigio: su papel como Dorothy de El Mago de Oz lo consiguió a los 17 años, toda una anciana para los estándares de los papeles infantiles.

Eso no la privó de padecer el mismo Síndrome Shirley Temple: ya adulta, Garland sufrió dependencia a las drogas y al alcohol y fue madre de Liza Minnelli, quien ha sufrido dependencia a las drogas y al alcohol, pero es tan carismática y talentosa como su progenitora.

Hace muchos años, en la ciudad de México, renté unas bodegas para montar un negocio. El rentero era un tipo medio gruñón  que se llamaba Julián Bravo.

Resultó ser el pequeño actor de Mi Primera Comunión, película que vi a mis inocentes ocho años de edad.

En una escena legendaria, Juliancito le pide a los Reyes Magos que le regalen un traje blanco de Primera Comunión.

Como debajo del pino no encontró el atuendo esperado sino un camión pinchurriento de plástico, su papá David Reynoso le confiesa que los Reyes Magos no existen.

De inmediato corrí a contarle tan desolada revelación a mi papá, quien me respondió: “Los Reyes no existen pero Santa Claus sí”. Santo remedio.

Juliancito Bravo (que para entonces ya era don Julián “el de las bodegas”) me dijo que a él no le había pasado el Síndrome Shirley Temple. Y yo pensé que tampoco había sido niño prodigio sino más bien un escuincle insoportable.

Cuando en las escenas finales de Mi primera comunión se mete de albañil para comprar su trajecito blanco, al pobre de Juliancito le caen encima unos andamios con varios bultos de cemento.

El remate es uno de los más kitsch del cine mexicano: en el supuesto programa de televisión de Paco Malgesto (haciendo un buen gesto), Juliancito recibe como premio a su voluntad de hierro, toneladas de trajecitos blancos de primera comunión. 

Cuando don Julián me aumentó de más la mensualidad de las bodegas, soñé con verlo en modo personaje, apachurrado debajo de los bultos de cemento de su película.

María Eugenia Llamas, “La Tucita”, sí fue una niña prodigio del cine nacional pero no sufrió el Síndrome Shirley Temple.

Cuando maduró se volvió una mujer culta, jovial, divertida y con un carisma desbordante.

Cada vez que la saludaba, me parecía que en vez de decir “¡Hola, como estás!” de sus labios saldría “para qué me dejan sola si ya saben como soy”.

Murió el 31 de agosto de 2014.

A partir de entonces, la talentosa niña, adoptada en el cine mexicano por Pedro Infante, se volvió símbolo de una vida generosa y noble. La recordamos con mucho cariño.


Etiquetas:
×