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Latitud

No entreguemos la Guardia Nacional al Ejército

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No entreguemos la Guardia Nacional al Ejército

Una Guardia Nacional militarizada, bajo el control pleno del Ejército, no funciona como política pública para combatir el crimen organizado. Incluso implica la disolución de cualquier política pública.

William H. McNeill escribió un libro excepcional: La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 d. C. 

Según McNeill, los Estados soportaron su poder con armas grandes y pesadas. Cada año se organizaban desfiles frente al mandatario en turno con pasarela de cañones, tanques de guerra y voluminosa tecnología militar. 

Este era el principal símbolo del poderío estatal: mastodontes rodando frente al jefe supremo. 

Sin embargo, ahora la guerra se despliega en contra de enemigos pertrechados con armamento ligero, hi-tech; es decir, tecnología de guerrilla. 

Drones, lanzallamas, granadas de mano. Contra estas armas, el Estado está contra la pared. En la lucha contra el terrorismo o el narcotráfico, salen sobrando cañones y tanques de guerra. 

El terreno de la inteligencia militar sofisticada está competido con el crimen organizado. ¿Pero qué vamos a hacer con nuestra tecnología gigantesca y pesada? Para una guerra con enemigos huidizos, el ejército regular es una maquinaria grande, lenta y torpe. 

Otro autor demonizado pero igualmente interesante es Martin van Creveld. En The Transformation of War: The Rise and Decline of the State habla de la disolución del Estado como lo entendemos hasta ahora. 

¿Por qué? Simple: no está capacitado para responder a las sofisticadas guerras civiles modernas. Y la lucha contra el narcotráfico es una guerra civil. 

El Estado formó sus fuerzas armadas para combatir a otros Estados, defenderse o atacar a otras naciones y preservar la seguridad nacional; sólo de forma añadida se encarga de la seguridad pública, protegida más bien por los cuerpos policiacos civiles, en sus diversos órdenes. 

Luego el Estado pasó a arremeter contra sus propios ciudadanos rebeldes. Pero el terrorismo actual que nos amenaza, es otra cosa, de muy diferente naturaleza. 

Desestabiliza rápidamente a un país y nos hunde en muy poco tiempo en la inseguridad. 

El Estado ya no puede siquiera mantener la paz en los espacios más supuestamente controlados que existen: las cárceles. 

A un loco que embiste a paseantes con un camión o hace estallar un centro comercial con una bomba casera, no se le puede someter con un tanque militar o un portaaviones. 

Un traficante de drogas de medio pelo que arroja una granada de mano (cuesta $3,000 pesos en el mercado negro) a una gasolinera no se le detiene con un misil. 

Pasamos del Estado fallido al fin del concepto que hasta ahora tenemos de Estado. ¿En qué se transformará? No lo sabemos. 

Depende de lo que hagamos con nuestra imaginación y con nuestras fuerzas armadas. 

Pero ya nada será igual. Entregar la Guardia Nacional al Ejército será (¡vaya ironía!) una medida obsoleta, desde antes de aprobarse. 

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