No pierdas la cabeza


Perder los nervios está a la orden del día, sobre todo con la vida tan acelerada que llevamos. Sin embargo, tenemos que convencernos de una cosa: gritar nunca resuelve nada y lo que estamos consiguiendo al perder los nervios es ‘‘liberar’’ de alguna manera nuestra frustración, y casi siempre nos arrepentimos después.

Tampoco podemos pensar que unos gritos o una humillación son la manera de conseguir que nuestros hijos nos respeten y obedezcan. Corregir de esta forma no es ejercer la autoridad, sino imponer autoritarismo. Hoy en día, casi todos los padres somos conscientes que los castigos físicos no arreglan nada. Pero el asunto es que a veces no nos podemos controlar. Nos ponen los "nervios de punta" sus berrinches, sus gritos, lo tercos que son en ocasiones, ver que no hacen las cosas que les pedimos, sino todo lo contrario, a pesar de que se lo hemos repetido muchas veces, al parecer les ‘‘vale un cacahuate’’.

En ocasiones, a los niños les “gusta” ser castigados con tal de llamar la atención, es decir,  descubren que la única forma de que les presten atención es portarse mal. Algunos sienten que por lo menos les hacen caso cuando les regañan y convierten su mal comportamiento en una forma de estar o ser el centro de diferentes situaciones, o al menos pueden quitar al padre de lo que está haciendo para ponerle atención y esto les llena más que un castigo posterior.

No obstante, existen otras razones por las que el castigo no suele ser efectivo y una de ellas es porque el buen comportamiento que aparece después del castigo solo es temporal, es decir, el castigo no enseña, no cambia la raíz del problema, solo la modifica temporalmente.

Para Teresa Artola, doctora en  psicología: “Cuando el castigo es leve y se aplica con frecuencia, los niños se habitúan y para ellos se convierte en una costumbre, así se habitúan a ver enfadados habitualmente a sus padres o a los profesores.”  Sin embargo, cuando el castigo es intenso, aparecen a menudo efectos secundarios como miedo, agresividad desplazada hacia otras personas más débiles o sentimientos fuertes de culpa.... que a menudo se generalizan, no sólo al niño y la situación que se castiga, sino a otras muchas situaciones.

Cuando la situación se nos escapa de las manos y no podemos más, es fácil que se nos escape un zape o bien adoptemos una actitud agresiva al agarrarles bruscamente por el brazo....Para frenar este tipo de comportamientos, hay que tener en cuenta que el castigo físico y el castigo en general, no enseña lo que hay que hacer, sino únicamente lo que no hay que hacer.

Es muy importante que los niños sientan que reciben nuestra atención siempre, pero sobre todo cuando hacen las cosas bien. De este modo no reclamarán atención al comportarse mal, y notarán que cuando hacen las cosas mal el castigo será algo puntual, algo a lo que no están acostumbrados.


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