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Latitud

Nosotros, los norteños encalmados

Latitud

Nosotros, los norteños encalmados

Una mañana, después de un sueño bronco y agitado, los norteños nos levantamos convertidos en seres sedientos.  Abrimos la nariz del lavabo y no salió ni una sola gota. 

De modo que mi familia y yo nos subimos al techo de la casa, señalamos con el dedo el espacio adecuado y no sin un montón de dudas revoloteando en la cabeza, dijimos: "aquí pondremos el tinaco". 

Entonces nos acordamos del ingeniero civil Eloy Garza Mascorro, nuestro padre. Como la mayoría de la gente de por acá, mis hermanos y yo nos criamos entre dos extremos: el huracán y la sequía. Con ambos nos iba de la patada, pero con la segunda solía irnos peor. 

Venían las vacaciones escolares y nuestro padre, en vez de llevarnos a una playa, nos llevaba al desierto, que es lo mismo que vacacionar en una playa, pero sin agua.

Pemex contrató durante muchas décadas a nuestro padre, porque era ducho en tender ductos, tuberías y perforar pozos profundos. Además, solo a él se le ocurría llevarse a los hijos a su trabajo, en un punto perdido del desierto. 

"Hoy dormiremos en mi suite", nos advertía, y su "suite" era una caseta de lámina, puesta a un lado de la toma del gasoducto, entre el terregal y los nopales. 

Todo el día la "suite" era un comal ardiendo, y cuando nos quejábamos del calor, nuestro padre señalaba un cartón grueso: "ahí está su aire acondicionado". Asearse era sinónimo de baño vaquero: mojarse cara, codos y rabo.  Así se templó el acero. 

Lo mismo hizo el abuelo con nuestro padre, muchos años antes de que naciéramos nosotros. Vivían en un rancho llamado "Agua negra", porque de la noria nomás salía un líquido salitroso que a punto estaba de convertirse en polvo. 

Con esa agua calmaban su sed y a veces hasta se bañaban. "Agua negra" no era lugar para cobardes ni refugio de llorones. No eran mártires, ni héroes siquiera, pero sí valientes. Y le decía el abuelo a nuestro padre: "cuando seas mayor te acordarás de mí, acarreando tinas de agua con el solazo encima". 

Muchos años después, ya siendo adultos, trepados en el techo de la casa, nos acordamos de nuestro padre en la noche del desierto, acostado en el piso de su "suite", con sus hijos dormitando en un camastro. 

Y entendimos que la sequía es culpa de todos y de nadie. Que no somos mártires, ni siquiera héroes, pero sí norteños valientes. Así que cambiamos de opinión para asumir la decisión correcta: "en memoria de nuestro padre y en solidaridad con la gente humilde, en esta casa nunca habrá tinaco". 

Baño vaquero, acarreo de cubetas y párenle de contar, en espera de las grandes lluvias. Para que dentro de muchos años, nuestros nietos aprendan de nosotros el significado de la palabra "sacrificio". Al menos uno de ellos nos lo agradecerá.

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