Ron RolheiserMonterrey
Más del autor

¿Y dónde están los otros?

Lecciones del fracaso

Relaciones inconclusas

Luchando dentro de nuestra propia piel

Una derrota honorable

El celibato: una apología personal

Ecumenismo, el camino a seguir

Nuestra lucha por la celebración adecuada


No sabemos cómo celebrar las cosas como se supone que deben celebrarse. Queremos celebrar, mas en principio no sabemos cómo. 

Generalmente celebramos mal. ¿Cómo celebramos normalmente? Exagerando las cosas: tomando muchas de las cosas que normalmente hacemos bebiendo, comiendo, hablando, cantando y haciendo humor, y llevándolas al exceso. Para la mayoría de nosotros, la celebración significa comer demasiado, beber demasiado, cantar muy fuerte, contar demasiados chistes y esperar que de alguna forma en ese exceso encontremos el secreto para hacer de esta ocasión algo extraordinario.

Tenemos esta extraña idea de que podemos encontrar una alegría y un placer especial al llevar las cosas más allá de sus límites normales. Sin embargo, hay muy poco placer verdadero en esto. El mayor regocijo se encuentra en conectarnos más profundamente con los demás, en sentir nuestras vidas expandirse y en experimentar amor y alegría de una manera especial. Mas eso no sucede en un frenesí. Por lo tanto, a nuestras celebraciones les sigue una resaca física y emocional. ¿Por qué? ¿Por qué es tan difícil hacer una genuina celebración?

Quizá la razón principal es que luchamos congénitamente para simplemente disfrutar de las cosas, para simplemente tomar la vida, el placer, el amor y el disfrutar como regalos graciosos y gratuitos de Dios, pura y simplemente. No es que nos falte esta capacidad para esto. Dios nos ha dado este regalo. Aquí la cuestión es el hecho de que nuestra capacidad de disfrutar a menudo se mezcla con sentimientos rudimentarios de culpa por experimentar placer (y cuanto mayor es el placer, más profundo es nuestro sentimiento de culpa). Entre otras cosas, debido a esto, a menudo luchamos por disfrutar lo que Dios nos ha dado legítimamente porque, consciente o inconscientemente, sentimos que nuestra experiencia de placer es, de alguna manera, ‘‘robarle a Dios’’. Esta es una inquietud que afecta especialmente a las almas sensibles y morales. De alguna manera, en nombre de Dios luchamos para darnos un permiso completo para disfrutar, y esto nos deja propensos al exceso (que invariablemente es un sustituto de un disfrutar genuino).

Cualesquiera que sean las razones, luchamos con esto y, por lo tanto, muchos de nosotros pasamos por la vida privados de una capacidad saludable para disfrutar y, dado que la naturaleza seguirá teniendo su camino, terminamos alternando el disfrutar rebeldemente (‘‘el placer que le robamos a Dios’’, pero que nos sentimos culpables por ello) y una disciplina obediente (lo cual hacemos sin mucho agrado). Y rara vez somos capaces de celebrar realmente. Rara vez encontramos el verdadero gozo que estamos buscando en la vida y esto nos empuja a una pseudo-celebración, es decir, al exceso. En pocas palabras, debido a que luchamos para darnos permiso para disfrutar, irónicamente tendemos a buscar el disfrutar en exceso y, a menudo, no de la manera correcta. Confundimos el placer con el deleite, el exceso con el éxtasis y la destrucción de la conciencia con una conciencia elevada. Debido a que no podemos simplemente disfrutar, nos vamos al exceso, rompemos nuestros límites normales y esperamos que al eliminar nuestra conciencia la aumentará.

Y, sin embargo, debemos celebrar. Tenemos una necesidad innata de celebrar porque ciertos momentos y eventos de nuestras vidas (por ejemplo, un cumpleaños, una boda, una graduación, un compromiso, un logro o incluso un funeral) simplemente lo exigen. Exigen estar rodeados de rituales que realzan e intensifican su significado y exigen que se compartan de manera especial y destacada con los demás. Lo que dejemos de celebrar pronto dejaremos de apreciar.

Lo mismo ocurre con algunos de nuestros momentos de amor más profundos, juguetones y creativos. Ellos también exigen ser celebrados: resaltados, ampliados y compartidos con otros. Tenemos una necesidad irreprimible de celebrar; eso es bueno. De hecho, la necesidad de éxtasis está cableada en nuestro propio ADN. Sin embargo, el éxtasis es conciencia elevada, no conciencia borrada. La celebración está destinada a intensificar nuestra conciencia, no a amortiguarla. El objetivo de la celebración es resaltar ciertos eventos y sentimientos para compartirlos con otros de una manera extraordinaria. Aunque, dados nuestros malentendidos sobre la celebración, principalmente hacemos una pseudo-celebración, es decir exageramos las cosas hasta un punto en el que sacamos nuestra conciencia y nuestra conciencia de la ocasión fuera de la ecuación.

Tenemos mucho que superar en nuestra lucha por llegar a una celebración genuina. Todavía tenemos que aprender que el disfrutar más no se encuentra en exceso, la comunidad más profunda no se encuentra en la intimidad sin sentido, y una mayor conciencia no se encuentra en una frenética extinción de nuestra conciencia. Hasta que aprendamos esa lección, seguiremos caminando por la casa, más vacíos, más cansados y más solos que antes de la fiesta. Una resaca es una señal segura de que, en algún lugar de la carretera, nos perdimos un letrero. Luchamos por saber cómo celebrar, mas debemos seguir intentando.

Jesús vino y declaró la fiesta de bodas, una celebración en el centro de la vida. Ellos lo crucificaron no por ser demasiado ascético, sino porque nos dijo que realmente deberíamos disfrutar de nuestras vidas, asegurándonos que Dios y la vida nos darán más bondad y gozo de lo que podemos soportar, si podemos aprender a recibirlos con la reverencia adecuada. y sin un miedo indebido.


Volver arriba