Ron RolheiserMonterrey
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Cuando los romanos diseñaron la crucifixión como su medio de pena capital, tenían más en mente que simplemente matar a alguien.

Ellos también querían lograr otra cosa: a saber, hacer de esta muerte un espectáculo que sirviera como el máximo elemento disuasorio para que cualquiera que lo viera pensara dos veces antes de cometer el delito por el cual la persona estaba siendo crucificada. Así que la crucifixión fue diseñada para hacer un par de otras cosas además de simplemente matar a alguien. Fue diseñada para infligir la cantidad óptima de dolor que un cuerpo humano podría absorber. Por lo tanto, a veces le daban morfina a la persona que estaban ejecutando, no para disminuir su dolor sino para mantenerlo consciente para sentir más dolor. Tal vez lo más cruel de todo es que la crucifixión fue diseñada para humillar por completo el cuerpo de la persona que está siendo ejecutada. Así que la persona era desnudada, sus partes privadas expuestas y, cuando su cuerpo entraba en espasmos, como seguramente lo haría, sus intestinos se liberarían, todo a la vista del público. ¿Hay una humillación peor que ésta? Bueno, creo yo que hay sufrimientos humanos que se aproximan o son iguales a eso, y lamentablemente éstos son comunes. Hay casos diarios de violencia en nuestro mundo (violencia doméstica, violencia sexual, tortura, intimidación sin corazón y similares) que reflejan la humillación de la cruz. Además, a veces se ve este tipo de humillación del cuerpo en la muerte por cáncer y otras enfermedades muy debilitantes. La persona aquí no sólo muere; ella muere de dolor, su cuerpo es humillado, su dignidad es comprometida, esa inmodestia expuesta, como lo fue para Jesús cuando murió en la cruz. Sospecho que es por eso que Dios permitió –aunque no fue su intención– que Jesús sufriera el dolor y la humillación que sufrió en su muerte. Al ver cómo murió Jesús, es difícil para cualquiera decir: ´´¡Fácil para él, no tuvo que sufrir como lo hice yo!´´. La humillación de la cruz pone a Jesús en verdadera solidaridad con todos los que alguna vez han conocido el dolor y vergüenza de la humillación. Sin embargo, el fruto de la solidaridad de Jesús con nosotros no es sólo el consuelo de saber que Jesús sintió nuestro sufrimiento de primera mano, sino que también compartimos lo que sigue después de la crucifixión, es decir, como dicen las Escrituras, una participación en su consuelo. Palabras curiosas, de verdad. ¿Qué consuelo hay en ser humillado? ¿Qué se gana a través de este tipo de dolor vergonzoso? En una palabra, lo que se gana es la profundidad del alma. Nada, absolutamente nada, nos empuja a la profundidad del corazón y del alma, como lo hace la humillación. Sólo hazte esta pregunta: ¿qué me ha dado el carácter? ¿Qué me ha dado profundidad como persona? ¿Qué me ha dado una comprensión más profunda? La respuesta en todos los casos, sospecho, será algo de lo que tendrías que avergonzarte, una humillación punzante cuyo dolor y vergüenza te llevaron a un lugar más profundo. Los evangelios, creo yo, enseñan eso. Por ejemplo, cuando los apóstoles Santiago y Juan se acercaron a Jesús y le preguntaron si podía arreglar que, cuando llegara a su gloria, recibieran los puestos de sentarse a su mano derecha e izquierda, Jesús, primero que todo, no aprovecha la oportunidad para darles un sermón sobre la humildad. En cambio, Él les instruye sobre su falta de comprensión de lo que constituye la gloria y lo que constituye el camino hacia la gloria. Ellos, por supuesto, habían confundido la noción de gloria con todo lo que es antitético a la humillación, la vulnerabilidad y la solidaridad. La gloria, para ellos, y sospecho que para nosotros también, se entendía como un lugar apartado de la multitud, por encima de ésta, el jugador más valioso, el ganador del Premio Nobel, la estrella de cine con el cuerpo que todos envidian, la persona atractiva, que es invulnerable a la humillación, la que está por encima del resto. Entonces Jesús le pregunta a Santiago y a Juan si pueden ´´beber la copa´´, y esa copa, como vemos en la lucha de Jesús en el Jardín de Getsemaní, es la copa de 

la humillación. Beber la copa de humillación, aceptar la cruz, es según Jesús y según lo más honesto de nuestra propia experiencia, lo que nos puede brindar una gloria genuina, a saber: la profundidad del corazón, la profundidad del alma y la profundidad de la comprensión y la compasión. Sin embargo, como advierte Jesús, beber la copa de humillación mientras nos asegura la profundidad de manera automática, no nos asegura automáticamente la gloria (´´esa gloria no es mía para dar´´). La humillación nos hará profundos, sin embargo, puede que no nos haga profundos de la manera correcta. También puede tener el efecto contrario. Este es el álgebra: como Jesús, todos sufriremos humillación en la vida, todos beberemos la copa y eso nos hará profundos. Sin embargo, después tenemos una opción crítica: ¿esta humillación nos hará profundos en compasión y comprensión, o nos hará profundos en ira y amargura? De hecho, esa es la última elección moral que enfrentamos en la vida, no sólo en la hora de la muerte, sino en innumerables ocasiones en nuestras vidas. El Viernes Santo, y lo que pide de nosotros, nos enfrenta a diario. 


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