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Latitud |Oda al Mercado de la Merced, CDMX

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Oda al Mercado de la Merced, CDMX

Qué ventaja es tener panza de coyote. Fue la única herencia que me dejó mi padre. Puede uno comerse hasta las piedras. Comoquiera no hay que fiarse. Hace décadas, en Jocotitlán, me dieron un pulque malo que me mandó al hospital en calidad de bulto. Me purgaron hasta el alma. 

Ahora visito el Mercado de la Merced, al oriente del Centro Histórico de la CDMX. Vengo de recorrer los tianguis y el convento virreinal, donde vivían, en los años 30, decenas de familias apeñuscadas. Padres e hijos bebían agua con sabor a sexo, porque arriba, en el tinaco, se bañaban cada noche el pintor Gerardo Murillo, Doctor Atl, y su amante, Carmen Mondragón, alias Nahui Olin. Luego hacían el amor ahí mero, a la intemperie, a gritos y maullidos. Como gatos. 

Le pregunto a uno de los cientos de diableros (los que acarrean bultos en los diablitos) dónde se come el mejor pambazo. “Pos guíese por el olor”, me dijo el fulano. Luego me lleva como lazarillo hasta el último de los puestos, digamos que en la desembocadura de este río de gente.

Orientarse por los aromas es todo un lío en este festín de olores. Don de dioses para un país de mendigos. Huitlacoche, azafrán, carnitas de buche y nana, epazote, uchepos, nopalitos, chayotes, jitomate y chile habanero. 

Los mexicanos nacemos para cocinar. Quien no sea apto para el fogón, que dude de sus raíces. Yo sí dudo de las míos, porque tengo panza de coyote pero “manos inútiles para el taller o la azada”, como decía Salvador Novo. A los pucheros solo entro de contrabando. 

Al fin doy con el puesto. Viejita ojos de capulín y rebozo, medio oculta entre comales y anafres con carbón. Veo una salsa para albañiles ciegos en un molcajete. Los típicos ruidos de México, decía Carlos Fuentes, únicos en el mundo: las palmadas de las mujeres haciendo tortillas y las palmadas de los hombres, saludándose con abrazos interminables.

Pido mi pambazo, bañado en salsa de chile guajillo; reboza sus bordes la longaniza con su rojizo intenso, la papa frita picada en manteca de cerdo, las rajas de chile chipotle adobado y de lechuga verde. No como: devoro. Un ritual poco místico pero nutritivo. 

Y de nuevo, la venganza de Moctezuma, que se ensaña contra un connacional. Nada vale mi mentada panza de coyote. Puros alardes vanos. Directo al hospital, cargado en un diablito por el mismo lazarillo. “¿No le dije que se guiara por los olores?”. Pues sí, digo yo, pero figúrate que en México hasta los aromas son traicioneros.


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