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Latitud

Opiniones de un cardiólogo sobre estragos de la vejez

Latitud

Opiniones de un cardiólogo sobre los estragos de la vejez

Quiero estar en plena forma. Soy un cincuentón y me he propuesto no dejar pasar un solo día de mi vida sin salir a trotar. Hoy será mi primera vez en muchos años de sedentarismo complaciente. Me enfundo mis pants, me pongo mis tenis y le doy instrucciones minuciosas a Mito para que sobreviva a mi ausencia de una hora y media exacta.

Camino al parque. Paso veloz. Brazos arriba. Mentón erguido. Un deportista nato. El cansancio me hace los mandados. En una banca, un vecino ochentón me pide que me siente a su lado. 

Yo no suelo interrumpir mi rutina rigurosa pero ante todo la cortesía: estoy programado genéticamente para ser amable. 

Además, mi vecino es cardiólogo. Y uno puede enojarse con todo el mundo, menos con mecánicos, notarios y cardiólogos.

Mi vecino médico anda de malas (así son los cardiólogos y los notarios). Me pregunta cuántos años tengo: “52 años, cuatro meses y 12 días”, le respondo. 

“Deberías saber que hace 20 años, tu cerebro apenas cabía en tu cráneo. Era un órgano que pesaba kilo y medio. Espera 30 años más, cuando tengas mi edad, y tu cerebro será una pelotita de golf que rebotará en tu cavidad craneal. La sustancia gris en los viejos como yo, deja un espacio libre de más de 2 centímetros. Cualquier lesión en mi cabeza me provocaría un derrame cerebral”. 

“Santo cielo” digo yo, preocupado de que no le caiga en la cabeza al cardiólogo alguna bellota de un árbol: podría serle fatal. Pero aquí no acaban las malas nuevas. “Lo primero que se te encogerán serán los lóbulos frontales. Perderás memoria y capacidad de planificación. Ya no podrás hacer varias tareas simultáneamente”. 

Mientras lo escucho, yo pienso en tres cosas a la vez (con lo que doy fe de que mis lóbulos frontales siguen frescos como una lechuga): 1.- Seguir trotando. 2.- Sacudirme una hormiga que sube por mi pants. 3.- Pagar en línea cuanto antes el recibo de la luz (¡qué cara está la luz!). 

Mis saludables lóbulos frontales todavía no me hacen pasar vergüenzas. Aún albergo un gramo de esperanza. El cielo se abre refulgente sobre mí. 

“Olvídalo”, dice mi vecino. “Los seres humanos somos como Sísifo. ¿Sabes quién es Sísifo?” 

Yo le respondo que sí, porque estudié Letras y el 54.3% de los estudiantes de Letras en México conoce algo de mitología griega. Hasta un estudiante de Letras del Tec sabe quién es Sísifo. 

“Sísifo empujaba con sus brazos y piernas una piedra hasta la cima de una montaña. Luego, la piedra rodaba pendiente abajo. Y así. Día con día. Era su condena eterna”. 

Sin embargo: ¿para qué vivir una vida donde todo es empujar una pinche piedra?

Entonces pienso, por simple asociación mental, en aquella canción de El Tri: “las piedras rodando se encuentran”.  Y en aquella otra de José Alfredo que cantan los borrachos que no tienen ni trono ni reina. 

“Y viene lo peor”, advierte mi vecino, cada vez más tétrico, más lúgubre, más cardiólogo. “Tus huesos y dientes se ablandarán y el resto de tu cuerpo se endurecerá. Tus vasos sanguíneos, tus articulaciones y músculos se calcificarán; rígidos como ramas secas. Fíjate, cuando yo operaba antes a pacientes de la edad que tengo ahora, la aorta sonaba como un buñuelo quebrándose. ¿Te das cuenta? ¡Un buñuelo!”. 

“Santo cielo”, vuelvo a decir yo, imaginándome un buñuelo azucarado en forma de arteria coronaria. Y caigo en la cuenta de por qué se me dificulta cada vez más leer un libro con la letra chiquita sin usar anteojos; de por qué me sofoco cada vez más cuando salgo a trotar; de por qué batallo cada vez más para rascarme esa zona de la espalda donde me da comezón; de por qué siento cada vez más que Mito es indiferente a mis instrucciones precisas cuando salgo de casa.  

“La edad, la maldita edad. Ya lo sospechaba yo. ¡Demonios!”. 

“El pasó ineluctable del tiempo” sentencia ni vecino cardiólogo con esa sabiduría pragmática (pero profunda), que sólo dominan los cardiólogos y las señoras que venden en las fondas comida corrida con refresco incluido. 

“Y eso no es todo, vecino”, sigue el viejo como quien dicta una sentencia de cadena perpetua al pobre acusado que soy yo. “Con la vejez, el corazón tiene que bombear cada vez más fuerte para que el flujo de sangre circule por nuestros vasos estrechos y rígidos. De ahí la hipertensión. Las paredes del órgano cardiaco se engrosan para mantener ese mismo flujo sanguíneo”. 

Cualquiera está en libertad de dudar de las verdades reveladas por un cardiólogo octogenario. Incluso si te recomienda evitar café, alcohol, grasas y tabaco. 

Pero cuando un cardiólogo te asegura que el corazón se endurece con la vejez y los vasos se estrechan… créele sin chistar, amigo. ¡Esos fulanos saben de lo que hablan! ¡Y vaya que lo saben! 

Mi vecino insiste en ahondar en su pesimismo trágico pero yo me levanto como impulsado por un resorte. “Debo marcharme”, le digo. Este Sísifo gimnástico que soy yo tiene que empujar la piedra de hoy hasta la cumbre y todavía me faltan 4 kilómetros. 

Mi vecino se despide con un alud de palabras tan metafísicas, que se quedan tatuadas en mi corazón (hasta que sus paredes se calcifiquen y sus venas se conviertan en buñuelos crujientes): “caminar hacia un destino no es necesario; es necesario caminar”. 

Vuelvo a casa. Preguntaré a Mito su opinión al respecto. Como siempre me contestará con su previsible silencio. Así son los jóvenes. Sobre todo los que son jóvenes perros. No entienden que con la edad, acabarán asustando vecinos en los parques para no aburrirse, seguros de que mientras más pasa el tiempo, los dientes propios (entre otras cosas) terminan inevitablemente en el suelo. 

Ya veremos para entonces.

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