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Las cartas sobre la mesa

Orar desde la vida

Las cartas sobre la mesa

Orar desde la vida

Este fin de semana leemos como las comunidades cristianas primitivas se cuestionaban sobre la obligatoriedad del cumplimiento de la ley mosaica para salvarse, y la respuesta a la que llegan en el concilio de Jerusalén, después de un momento de oración, es: "quien nos salva es Cristo resucitado". San Juan en el texto de la Apocalipsis deja claro que el resplandor de la Iglesia no es propio, sino que lo recibe de la gloria de Dios. En el Evangelio, Jesús asegura a sus discípulos que les enviará un maestro en el Espíritu Santo y los anima a prepararse para su partida, les anuncia la venida del Espíritu Santo y el don de la paz. La condición para que esto suceda es orar, amarlo y cumplir su Palabra.

Para poder tener luz, como los primeros cristianos la tenían, y poder sentir la voz del Espíritu Santo, es necesario entrar en un camino muy concreto: la oración. La oración desde la vida, desde todos los aspectos de nuestra propia vida. Una dificultad que encontramos en nuestro camino de oración consiste en separar lo que decimos a Dios y lo que constituye nuestra vida concreta. Así, buscamos un rato para orar, pensamos en un pasaje del Evangelio, pedimos por algunos familiares y amigos, reflexionamos con la ayuda de un texto espiritual. 

Al salir de la oración, estamos preocupados por el precio de la luz, por la dieta a seguir para bajar el colesterol, por los arreglos en la pared junto a la ducha. Nuestro corazón alberga cientos de alegrías, preocupaciones, dudas, inquietudes, deseos mejores y otros deseos que preferiríamos extirpar. Al dedicar una parte de nuestro tiempo a la oración, no podemos olvidar tantos asuntos que llevamos dentro y que son, en el fondo, lo que más tememos o lo que más amamos.

Por eso, necesitamos aprender a orar desde la vida. Entonces, el tema del precio de la luz también podemos presentarlo a Dios, para que nos ayude a entender cuál es la manera para vivir un asunto tan "profano" como auténticos discípulos de Jesús. No se trata de convertir la oración en una especie de recuento de actividades pendientes o de evocaciones del pasado más o menos agradables. Se trata, más bien, de conectar lo que pensamos, lo que deseamos, lo que decidimos, con el mundo de un Dios que es Padre y que desea acompañarnos en los mil caminos de la experiencia humana, con la asistencia concreta y real del Espíritu Santo.

Es así como nuestra oración se convertirá, realmente, en un pan que alimenta el alma, en una luz que guía nuestros pasos, y en un fuego ardiente que enciende ese amor que constituye el núcleo más hermoso de toda existencia humana. No dejes pasar este fin de semana sin darte el regalo de un momento de oración. Que la oración sea parte de tu vida. Que el invocar constantemente la luz y voz del Espíritu Santo sea parte nuestra forma de vivir, pensar y actuar.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.

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