Palabras de reyes


Aunque todavía quedan pendientes los tamales del día de la Candelaria, lo común es que el seis de enero damos por terminado ese largo período de fiestas de fin de año. Con unos kilos de más y sin aún hacer el recuento de los daños, aplazamos los remordimientos y este día damos cuenta de las tradicionales roscas de reyes, acompañadas de una taza de un espumoso chocolate. ¡Total!, ya habrá tiempo para ponernos en forma y volver a entrar en esos pantalones que hoy nos hacen parecer salchichas mal amarradas.

En muchos lugares de México, en este día los niños se levantan impacientes en busca de los juguetes que les han traído los tres Reyes Magos, rasgo que es una evocación de ese pasaje bíblico en el que unos magos venidos de oriente, llevaron oro, incienso y mirra al niño Jesús recién nacido.  A esta fiesta milenaria, en la liturgia católica se le conoce como Epifanía, nombre que siempre me pareció extraño y en automático me hace recordar a don Epifanio, un anciano que conocí en la infancia. Andando en estos trotes de investigar palabras, aprendí que epifanía es voz de origen griego que significa “manifestación o aparición de una divinidad”, se forma de las palabras “epi” por encima y “phainein” mostrarse, aparecerse. ¡Vaya!, don Epifanio se hubiera sentido muy 
orgulloso de saber esto.
Seguir la huella de esta fiesta nos lleva, como muchas otras celebraciones religiosas, a la importancia que para los antiguos tenía el ciclo del sol. El seis de enero, doce días después de la celebración del solsticio de invierno que se hacía el 25 de diciembre, se consideraba que en este astro ya era notable la fuerza que había recuperado y esto era digno de celebración, era la puerta de entrada a los días buenos, los que eran más largos, más calientitos y con una naturaleza despierta y generosa para brindar alimentos. Una verdadera epifanía de 
la divinidad bondadosa.
Según pueblos y tiempos, diferentes divinidades tuvieron su turno para tener su epifanía y, sobre estos cultos paganos, se construyó la Epifanía cristiana, asociándola con los magos que visitaron al niño y que, por cierto, ni eran tres, ni eran reyes ni se llamaban Melchor, Gaspar y Baltazar. Todo eso fue una construcción hecha muchos años después de los inicios 
del cristianismo.
Del “phainein” griego, mostrarse, aparecer, podemos identificar otras palabras que comparten esta raíz. Una de ella es: fantasma, voz que los griegos usaban para referirse a cualquier cosa que se hacía visible. Podía ser un reflejo, una sombra o cualquier aparición. En uno de sus significados, el ahora más conocido, pasó a nombrar a la imagen del supuesto espíritu de una persona fallecida. Por asociación con este concepto, nació la palabra fantasía, para referirse a esas apariciones que son producto de la imaginación. 
Tanto epifanía como fantasma, tienen como antecedente más antiguo la primigenia raíz “bha” que guarda el significado de brillar, después de todo, lo que brilla se ve, se manifiesta, se aparece. Esto las hace parientes de otras palabras que tienen la misma procedencia como: fanal, del griego “phanalion”, que en origen era una antorcha o un farol; diáfano, del griego “diaphanos”, que se decía de lo transparente, de lo que brillaba por dejar pasar la luz; y otra palabra de esta tribu es fanerógama, nombre de las plantas cuyas flores están a la vista, concepto guardado en las primeras tres letras.
Bueno, ahora ya sabes que si al partir la rosca en tu rebanada te encuentras un ente extraño, con toda propiedad puedes exclamar “¡Se me ‘epifanió’ el monito!”, y cuando todos se te queden viendo con ojos de “a este qué le pasó”, es buen momento para que les compartas esta historia que sabrá mejor acompañada de una taza 
de espumoso chocolate.
Twitter: @harktos

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