Palabras en la mirada


En una ocasión, el ilustre filólogo español Valentín García Yebra asistió como oyente a una conferencia. Antes de empezar su disertación, la ponente, queriendo asegurarse de las buenas condiciones acústicas de la sala, preguntó: “¿Se me escucha bien?”, a lo que don Valentín contestó: “la escuchamos con toda atención, pero no se oye nada”.

Aguda respuesta que deja clara la diferencia entre ambos verbos: ‘‘oír’’ es percibir un sonido, mientras que ‘‘escuchar’’ es poner atención a lo que se oye. 

Cambiando al sentido de la vista, ¿habrá también diferencia entre ‘‘mirar’’ y ‘‘ver’’? Hay diversas repuestas a esta pregunta, pero la mejor es la que da la historia. Se adivina una antigua palabra indoeuropea que pronunciarían bocas hace cerca de 8,000 años y sonaría algo parecido a ‘‘smei’’, cuyo significado sería ‘‘reír, sorprenderse’’. Dejó huellas en tierras asiáticas en ‘‘marichi’’, voz que en sánscrito significaba ‘‘espejismo’’ y, muy lejos, en ‘‘mirage’’, que en francés e inglés significa lo mismo.

Para la gente del desierto, un espejismo era una visión de algo extraordinario. ¡Imagínense!, ver algo que parecía estar pero que en realidad no existía, eso era algo para sorprenderse. De la misma raíz, en latín surgió la palabra ‘‘maraviglia’’, que en castellano pasaría a ser ‘‘maravilla’’, ‘‘algo sorprendente’’.

Las primeras tres letras de estas palabras ‘‘mar’’, en otras voces cambiaron a ‘‘mir’’, como en la voz latina ‘‘miraculum’’, ‘‘hecho sorprendente, extraordinario’’  que luego en castellano se dijo ‘‘miraglo’’, pero la mala pronunciación peninsular provocó un intercambio de letras (metátesis llaman a este fenómeno los lingüistas) y así nació nuestra palabra ‘‘milagro’’.

De la misma familia habrían de nacer también en latín los verbos ‘‘mirari’’ y ‘‘admirari’’ que sirvieron muy bien para expresar el sentimiento de sorpresa que brotaba cuando los ojos se topaban con esas maravillas que hicieron nacer al dicho “¡lo veo y no lo creo!”.  En castellano estos verbos no cambiaron mucho y dieron origen a ‘‘admirar’’ y ‘‘mirar’’. El concepto de ‘‘sorpresa’’ se conservó en el primero, pero en el segundo se fue oscureciendo con el tiempo.

Es de anotar que la raíz ‘‘mir’’ la encontramos también en ‘‘mirror’’, que en inglés significa ‘‘espejo’’ y que fue tomada del viejo francés ‘‘mireor’’. Considerando el concepto de ‘‘sorpresa’’, podemos adivinar la fascinación que producía a los antiguos ver su imagen reflejada tan fielmente en un objeto. 

En otra historia, de ‘‘weid’’, otra palabra primitiva que encerraba el concepto de ‘‘percibir con los ojos, conocer’’, en latín nació el verbo ‘‘videre’’ con el mismo significado. De ahí derivaron voces castellanas como ‘‘ver’’, ‘‘percibir con los ojos’’, ‘‘revisar’’, ‘‘volver a ver’’, ‘‘aviso’’, ‘‘a la vista’’, ‘‘prever’’, ‘‘ver con anticipación’’, ‘‘visitar’’, ‘‘ir a ver a alguien o a algo’’, ‘‘visionario’’, ‘‘el que ve con claridad’’ y ‘‘vidente’’, ‘‘el que se supone que tiene vista sobrenatural’’.    

¿Entonces es lo mismo ‘‘ver’’ que ‘‘mirar’’? La historia nos ha dado la respuesta, ‘‘ver’’ es percibir con los ojos, mientras ‘‘mirar’’ es fascinarse, maravillarse con algo que se ve; bien puede ser un paisaje, una noche estrellada, una obra de arte o la imagen de una mujer hermosa. En ‘‘ver’’ hay percepción y en ‘‘mirar’’ hay emoción. Eso hace una gran diferencia.

Podemos ahora entender a Gustavo Adolfo Bequer cuando escribió: “El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”. 

cayoelveinte@hotmail.com

Twitter: @harktos


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