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Neurosis compartidas

Pesimistas sin perder la esperanza

Neurosis compartidas

Pesimistas sin perder la esperanza

Si te gusta la historia y entiendes cómo se mueven las economías, principalmente las de Occidente, sabrás que la guerra es un negocio redondo que se disfraza de temas religiosos y derechos humanos.

Siempre hay en juego no el bien común de la población, sino un patrimonio que tiene tal país y que las “naciones más listas” (más ladinas) buscan apoderarse de ello.

El tema bélico está muy latente en las recientes semanas debido a las “lucha mediática” de Occidente contra Rusia. Estados Unidos y sus aliados han usado sus redes de comunicación para insistir en que Rusia invadirá Ucrania.

No sé si estén en la cabeza de Vladimir Putin y por eso lo señalen con tanta seguridad. Lo cierto es que tanta palabrería no pinta bien. Sí podría estar cerca un conflicto armado muy letal que pondría la cereza del pastel a este caótico mundo que no termina de dejar atrás una pandemia que destruyó economías y vidas.

En torno a este tema, recordé el activismo realizado por Bertrand Russell (1872-1970), escritor y humanista británico, que no dudó en expresar su sentir durante ante la Primera y Segunda Guerra Mundial.

En 1918 escribió el libro Caminos de la libertad: el socialismo, el anarquismo y el sindicalismo, en el cual analiza las tres corrientes ideológicas. Habla de lo mejor y lo peor de cada una, pero lo que mejor hace es resaltar que se puede tener un mundo en paz y con menos desigualdad.

En una entrevista tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, Russell comentó: “hace un mes, Europa era un pacífico grupo de naciones; si un inglés mataba a un alemán, era ahorcado por asesinato. Ahora si un inglés mata a un alemán, o si un alemán mata a un inglés, son patriotas”. Más claro no se podía.

Russell fue encarcelado por aconsejar a jóvenes sobre cómo evitar el servicio militar, esto previo al estallamiento de la guerra. Fue liberado después de seis meses.

No paró en su intento de conscientizar a jóvenes y adultos del daño al mundo por un conflicto armado.

Otra de sus citas: “La humanidad se enfrenta a una clara alternativa: O bien morimos todos o bien adquirimos un ligero grado de sentido común”.

Creo hoy falta más sentido común que nunca. Cada vez el pensamiento en la política está enfocado a sobrellevar economías que sólo benefician un pequeño grupo. ¿Y los demás?

A trabajar y sobrevivir mientras nos siguen aturdiendo el cerebro con publicidades que no queremos y productos que no necesitamos. Y hoy, ¿hay un activismo real?

En 1955, el también matemático, dio a conocer junto a Albert Einstein y otros nueve científicos e intelectuales un manifiesto contra la amenaza de una guerra atómica.

Expusieron: “Hemos de aprender a pensar de una nueva forma. Tenemos que aprender a preguntarnos, no qué medidas hay que tomar para que el grupo que preferimos obtenga la victoria militar, porque este tipo de medidas ya no existen, sino qué medidas hay que tomar para prevenir la conflagración militar, cuyo resultado sería desastroso para cualquiera de las partes”. Y hay que recordar justo en estos momentos dichas palabras.

Gran pensador, nunca se detuvo y fue en 1995 cuando su labor fue reconocida con el Premio Nobel de la Paz.

Pero lo que más dejó varias decenas de libros en las que buscaba compartir la idea de un mundo mejor. Él era pesimista, atormentado y solitario, pero al final creía en los seres humanos como espíritus en calma. De él he leído Educación y el orden social (1932), Elogio de la ociosidad (1935), Crímenes de guerra en Vietnam (1967) y el antes mencionado en el principio de este espacio.

El año pasado comencé su Autobiografía (1967) y es un deleite, me falta pero será el reto de terminarlo en los siguientes 10 días. ¿Me acompañan?

Seamos pesimistas sin perder la esperanza, como Bertrand Russell.

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