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Cuando la respiración comenzó a dificultarse fue señal de que ya andábamos arriba de los 3,000 metros de altitud. Eso no fue lo raro, sino que a menos de 200 metros de la cumbre del Cerro Zapalinamé nos encontramos con cercas que bloqueaban la ruta por la que ascendíamos.

Ya de bajada comenté el incidente con uno de los lugareños y me dijo, casi textual: “Es que todas esas tierras son propiedad del senador Armando Guadiana”.

Les platico: Santana Armando Guadiana Tijerina se ha hecho famoso por ser el único legislador de todos los partidos que no se quita el sombrero ni para la foto oficial de los senadores. Es dueño de la empresa Manufacturas Zapalinamé, que opera en el ejido Angostura, muy cerca de Saltillo.

Recientemente salió a la palestra porque se descubrió que a pesar de que varios de sus negocios se dedican a la explotación de minas de carbón, es presidente de la Comisión de Energía del Senado y proveedor de ese mineral a la CFE, según declaraciones del mismo Manuel Bartlett, director de esa empresa del Estado.

Este es un conflicto de intereses por todos los lados que se le vea, menos por los del gobierno republicano.

Ojalá fuera sólo una anécdota, pero no lo es, porque es solo un botón de muestra que revela con toda su crudeza, que desde siempre o al menos desde hace muchísimos años, México tiene dueños y sus propietarios rentan el país a los mexicanos, y lo rentan muy caro, por cierto.

El final del mandato de Miguel Alemán Valdés puso como “moda” de algunos presidentes de México, quedarse –gracias al poder que ejercían– con grandes extensiones de playas. A lo mejor porque no le gustaron las de su natal Veracruz, Alemán Valdés eligió Acapulco y fue así como kilómetros y kilómetros de playas se encontraron de pronto como parte de su patrimonio.

Un seguimiento que le di al “humanitario gesto” de Diego Fernández De Cevallos al ofrecer una propiedad suya en Acapulco, como fianza para conseguir la libertad del exgobernador panista de Sonora Guillermo Padrés, resultó en que su lote C4 de la exclusiva zona de Playa Diamante, con una extensión de 53,418 metros cuadrados y valuado en $402 millones 825,000 pesos, perteneció desde hace casi 50 años a los descendientes del expresidente mexicano.

Quienes le sucedieron a Alemán Valdés voltearon sus ojos hacia otro tipo de posesiones, grandes haciendas, parajes montañosos, lagos y áreas urbanas, hasta que Echeverría eligió lo mejor de lo que a mediados de los años 70 se convertiría en Cancún.

Luego, López Portillo eligió la costa de Jalisco y Nayarit; Miguel de La Madrid una buena parte de las playas de Manzanillo y otras de Colima, de donde era oriundo, hasta que la moda de las playas terminó y apareció la de empresas del Estado que pasaron a manos de particulares, como la siderúrgica Las Truchas, de Lázaro Cárdenas, Michoacán, vendida por el gobierno de Salinas de Gortari al magnate indio Lakshmi Mittal; Altos Hornos de México, a la familia Ancira, bancos comprados a pesos y vendidos a tostones a amigos de los políticos y extranjeros, y por supuesto Teléfonos de México, a Carlos Slim, entre muchas otras.

Como dueños del país, los políticos concesionan sus propiedades a particulares para explotarlas en la forma de autopistas, puertos, aerolíneas, casinos, empresas de transporte urbano, de carga y de pasajeros a nivel federal, fraccionamientos campestres, urbanos, centros comerciales y todo tipo de giros de negocio.

En muchos casos se vuelven socios de los compradores y es así como, para donde quiera que uno voltee se encuentra con muestras evidentes de la “gran capacidad emprendedora” y la “visión para los negocios” de infinidad de servidores públicos.

Estos dueños de México, cuyos apellidos emparentan a políticos y empresarios, nos cobran rentas muy caras a los mexicanos por el uso de carreteras, calles, aeropuertos, puertos, playas, servicios públicos, tenencia de vehículos y bienes inmuebles.

Por eso cuando uno viaja en carretera, así sea cubriendo distancias de cientos o miles de kilómetros, siempre a ambos lados del camino ve cercas que delimitan las propiedades de los dueños de México.

Cual lo hacían los monarcas de hace 500 o 600 años, los mexicanos pagamos tributo a los dueños de tierras y también de servicios –muy malos, por cierto– productos y posesiones, ya sean muebles o inmuebles.

Hace unos días, el gobierno del “Bronco” se aventó la puntada de colocar letreros en los vehículos de personas que no han pagado la tenencia y tratando de salir al quite, uno de los funcionarios estatales declaró que lo hicieron sólo como recordatorio “porque no es que la gente no quiera pagar este impuesto, lo que ocurre es que se le olvida pagarlos”.

Alguien debe decirle a ese señor que no es así. En México la gente que no paga impuestos es, o porque no le alcanza lo que gana o porque siente que no recibe nada a cambio de sus contribuciones. Bueno, también hay quienes no lo hacen por otras razones, pero ese es otro cuento.

CAJÓN DE SASTRE

“No es cierto que el petróleo es de los mexicanos, igual que México, es de los políticos y de sus socios”, dice mi Gaby.

placido.garza@gmail.com

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