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Latitud |¿Por qué estamos polarizados?

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¿Por qué estamos polarizados?

Un revelador libro que puede servirnos a los lectores nuevoleoneses para entender el crispante divisionismo político que vivimos en nuestro estado y en el país se titula Why were polarized, de Ezra Klein (Nueva York, Simon & Schuster, 2021). 

Este joven columnista de The New York Times y asiduo colaborador de Bloomberg nos ofrece a sus escasos 38 años un minucioso mapa del campo minado en el que se ha convertido el debate público actual. 

Su radio de acción se circunscribe como es natural a su país, EUA, y a los efectos devastadores de la presidencia de Donald Trump, pero embona con la política mexicana que domina para bien y para mal Andrés Manuel López Obrador.  

Por muchas décadas, la disputa por la nación confrontó en México a varios bloques entre sí: los priistas, el PAN, los comunistas ortodoxos y la izquierda antioficialista. 

Sin embargo, desde hace varios años (no precisamente a partir de que AMLO ascendiera al poder porque el fenómeno se gestó antes) las opciones políticas han terminado por alinearse únicamente en dos grandes bloques irreconciliables. 

No analizaré aquí qué tanta carga de culpa guarda AMLO en esta insalvable división entre los dos bloques monolíticos, pero sí advierto que el mismo fenómeno extremista se replica en muchos otros países del mundo. Dicho de otro modo, es un fenómeno global. 

¿Qué pasa cuando las opciones políticas se atrincheran exclusivamente en dos grandes bloques? Aparece la polarización. Saliendo de esa pista de despegue, se anula la dialéctica de la discusión sobre cualquier asunto público para pasar a combatir frontalmente la posición del otro. 

Así se potencia la discrepancia, se radicalizan las posiciones y se anula la mediación. 

Pasamos de la guerra de las ideas a la guerra simple: perseguir al enemigo hasta aniquilarlo virtualmente (con altas posibilidades de que mañana sea físicamente). 

Entonces brota una situación muy curiosa, que antes apenas se daba en nuestro país: el elemento unificador de un partido, la motivación principal de sus militantes y seguidores no es el apego a cierta institución política sino el odio al contrario. Volvemos a lo que constituían los partidos políticos al crearse en el Siglo XVIII: no bandos organizados sino corrientes de opinión. 

Es como si yo que soy hincha de los Tigres, lo fuera más por repudio a los Rayados, que por amor a la camiseta de mi equipo. Es más: puedo alinearme a la barra de cualquier otro equipo, con tal de que pierdan los Rayados. A ese comportamiento político se le denomina: “partidismo negativo”. 

El “partidismo negativo” me hace votar o adherirme a las siglas de Morena o del PRI no por convicción sino para acabar con el partido adversario. Las campañas electorales no se centran en contrastar propuestas sino en vencer al enemigo; volverlo más odioso, demonizarlo y compararlo con Hitler (como hizo ayer AMLO con Carlos Alazraki). El odio es más fuerte que el amor. Y vende más en las redes sociales. 

Según Ezra Klein, el enemigo partidista es visto como el estereotipo de lo más despreciable y lo más inmoral. Y jamás tenderemos puentes con seres que para nosotros son despreciables e inmorales (al menos no públicamente). 

Entonces llegamos a un punto sin retorno. Un juego de suma cero: yo no puedo conseguir mis propósitos sin que el adversario pierda los suyos. Imposible llegar a acuerdos en ningún tema en esta dinámica de términos absolutos. 

¿Qué resta? Romper lanzas, calentar la plaza; la mentada de madre y el meme. Si en algún contendiente debiera privar lo racional pero en la práctica ninguno actúa con raciocinio, lo que sigue es la pura y dura irracionalidad. Para allá vamos. O en ella estamos ya parados. 


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