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Al Punto

¿Por qué Jesús es diferente?

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¿Por qué Jesús es diferente?

En un avión, un hombre se sentó a mi lado. Viéndome de cura, quiso mostrarme su libro de viaje, sobre los cuatro grandes líderes espirituales de la humanidad: Buda, Confucio, Mahoma y Jesús. “Está muy bueno –me dijo–, al fin y al cabo, todas las religiones llevan a lo mismo”.

Hoy suele pensarse que las grandes religiones convergen en un idéntico punto de arribo, como convergen en la cima todos los ascensos de una montaña. El catolicismo, de hecho, no menosprecia esas veredas ni rechaza nada de lo que en otras religiones hay de santo y verdadero. Pero Jesús no es uno más en la lista de los grandes líderes espirituales de la humanidad. La absoluta originalidad del cristianismo radica en la absoluta originalidad de Jesús, que el apóstol Pedro señaló con inspirada clarividencia al decir: “Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios”. 

Otros líderes religiosos han sido grandes guías: han mostrado caminos e itinerarios espirituales de indudable valor. Pero Jesús es mucho más que un gran maestro o guía para el camino; ¡Él es el Camino! Más aún, Él es el origen, la senda y el destino de nuestra vida. Ni Buda, ni Confucio ni Mahoma dijo jamás: “vengan a mí”. Jesús lo dijo más de una vez. Pedro, por su parte, se refiere a Jesús como el único destino posible: “¿A quién iremos?”. Porque Jesús no es sólo alguien a quien seguir, es alguien a quien ir; y eso hace toda la diferencia.

Otros líderes religiosos han ostentado una profunda intuición y sabiduría. Pero Jesús es mucho más que un sabio. Pedro dice: “Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”. Las palabras de Jesús no sólo están cargadas de sabiduría: ¡están cargadas de vida, y de vida eterna! Porque Jesús no sólo enseña la verdad que lleva a la vida, ¡Él mismo es la Verdad y la Vida!, y eso hace toda la diferencia.

Otros líderes religiosos han ofrecido alguna forma de salvación, de mejora vital, de transformación, sustentada en una especial relación con la divinidad y un tenor ascético de vida que para muchos resulta convincente. Sin embargo, ni Buda, ni Confucio ni Mahoma osaron jamás presentarse a sí mismos como el salvador o la divinidad encarnada. Jesús, en cambio, no escatimó milagros para ratificar su condición divina. “Si no me creéis a mí –dijo a los fariseos– creed a las obras que hago”. Jesús es mucho más que un iluminado o profeta de la salvación; ¡Él es el Salvador! y eso hace toda la diferencia.

Por si fuera poco, Jesús es el Amor Divino encarnado y ofrecido a cada ser humano. Sólo Jesús, “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo” y dio su vida por ellos. Las palabras de Pedro que he citado en este artículo se sitúan en el contexto del discurso eucarístico de Jesús; discurso que escandalizó a muchos por su carácter tan explícito: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna”. Ni Buda, ni Confucio ni Mahoma se hicieron sacramento. Sólo Jesús-Amor se hizo Eucaristía para 

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