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Ron Rolheiser

¿Qué nos pide el amor ahora?

Ron Rolheiser

“Puedes asumir con seguridad que has creado a Dios a tu propia imagen cuando resulta que Dios odia a las mismas personas que tú”.- Anne Lamott.

Esas son palabras que vale la pena contemplar, en todos los lados de la división política y religiosa de hoy en día. Vivimos en una época de amarga división. Desde nuestras oficinas de gobierno hasta las mesas de nuestra cocina, hay tensiones y divisiones sobre política, religión y versiones de la verdad que parecen irreparables. Lamentablemente, estas divisiones han sacado a relucir lo peor de nosotros, de todos. La civilidad común se ha derrumbado y trajo consigo algo que ilustra efectivamente la definición bíblica de lo “diabólico”: falta generalizada de cortesía común, falta de respeto, demonización y odio mutuo. Todos asumimos ahora con aire de suficiencia que Dios odia a las mismas personas que nosotros. La polarización en torno a las recientes elecciones estadounidenses, el asalto a los edificios de la capital estadounidense por una multitud desenfrenada, los amargos debates éticos y religiosos sobre el aborto y la pérdida de una noción común de la verdad han dejado en claro que la descortesía, el odio, la falta de respeto y diferentes nociones de la verdad gobiernan el día.

¿A dónde vamos con eso? Soy teólogo y no político o analista social, así que lo que digo aquí tiene más que ver con vivir el discipulado cristiano y la madurez humana básica que con cualquier respuesta política. ¿A dónde vamos religiosamente con esto?

Quizás una forma útil de investigar una respuesta cristiana es plantear la pregunta de esta manera: ¿qué significa amar en un momento como este? ¿Qué significa amar en una época en la que la gente ya no puede ponerse de acuerdo sobre lo que es verdad? ¿Cómo nos mantenemos civilizados y respetuosos cuando se siente imposible respetar a quienes no están de acuerdo con nosotros?

Al luchar por la claridad con un tema tan complejo, a veces puede ser bueno proceder por la Vía Negativa; es decir, preguntando primero qué debemos evitar hacer. ¿Qué no debemos hacer hoy?

Primero, no debemos poner entre paréntesis la civilidad y legitimar la falta de respeto y la demonización; más tampoco debemos ser nocivamente pasivos, temerosos de que decir nuestra verdad moleste a otros. No podemos ignorar la verdad y dejar que las mentiras e injusticias permanezcan cómodas y sin ser expuestas. Es demasiado simple decir que hay buenas personas en ambos lados para evitar tener que hacer juicios reales frente a la verdad. Hay personas sinceras en ambos lados; sin embargo, la sinceridad también puede estar muy equivocada. Hay que nombrar las mentiras y las injusticias. Finalmente, debemos resistir la tentación sutil (casi imposible de resistir) de permitir que nuestra rectitud se transforme en justicia propia, una de las modalidades más divisivas del orgullo.

¿Qué tenemos que hacer en nombre del amor? Fiódor Dostoievski escribió que el amor es algo duro y terrible y nuestra primera respuesta debería ser aceptar eso. El amor es algo duro y esa dureza no es sólo la incomodidad que sentimos cuando nos enfrentamos a los demás o nos encontramos confrontados por ellos. La dureza del amor se siente más agudamente en la justicia propia (casi indigesta) que tenemos que tragar para elevarnos a un nivel más alto de madurez en el que podamos aceptar que Dios ama a los que odiamos tanto como Dios nos ama a nosotros, y que los que nosotros odiamos son tan preciosos e importantes a los ojos de Dios como lo somos nosotros.

Una vez que aceptamos esto, podemos hablar por la verdad y la justicia. Entonces la verdad puede hablar al poder, a la “verdad alternativa” y a la negación de la verdad. Esa es la tarea. Las mentiras deben ser expuestas y esto debe ocurrir dentro de nuestros debates políticos, dentro de nuestras iglesias y en nuestras mesas. Esa lucha a veces nos llamará más allá de la bondad (la cual puede ser para las personas sensibles su propia lucha gigantesca). Sin embargo, aunque no siempre podemos ser amables, siempre podemos ser corteses y respetuosos.

Una de nuestras figuras proféticas contemporáneas, Daniel Berrigan, a pesar de los numerosos arrestos por desobediencia civil, afirmó firmemente que un profeta hace un voto de amor, no de alienación. Por lo tanto, en todos nuestros intentos por defender la verdad, hablar por la justicia y decir la verdad al poder, nuestro tono dominante debe ser el del amor, no de ira u odio. Además, siempre se manifestará si actuamos con amor o alienación, en nuestra cortesía o en nuestra falta de ella. No importa nuestro enojo, el amor aún tiene algo de cortesía y respeto no-negociable. Siempre que nos encontremos descendiendo a los insultos de adolescentes, podemos estar seguros de que nos hemos salido del discipulado, de la profecía y de lo que es mejor dentro de nosotros.

Finalmente, cómo responderemos a los tiempos sigue siendo una cuestión profundamente personal. No todos estamos llamados a hacer lo mismo. Dios nos ha dado a cada uno de nosotros dones únicos y un llamado único; algunos son llamados a protestar en voz alta, otros a una profecía silenciosa. Sin embargo, todos estamos llamados a hacernos la misma pregunta: dado lo que está pasando, ¿qué me pide el amor ahora?

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