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Recuerdos de una vida olvidable…

¡Qué poca…!

Recuerdos de una vida olvidable…

¡Qué poca…!

Como todos los días, quizá por costumbre o afición al sufrimiento, realicé mi tradicional acto matutino de masoquismo.

Adelantándome al sol, leí periódicos y oí programas noticiosos, alimentando la depresión diaria causada por el exceso de dudas sobre lo que es verdadero y la certeza de lo irremediable de la situación del país, esta última conclusión natural del río de sangre e indiferencia que reflejaba lo leído, visto y escuchado.

Sin embargo, esa mañana, en sentido contrario a las evidencias, decidí hacer una excepción y me cuestioné: ¿es verdad que el país no tiene remedio?

Lejos de admitir salomónicamente que carecía del veredicto definitivo, di paso al esbozo de una posible solución.

¿Cambiaría México si tener vergüenza fuera requisito inexcusable para gobernar, presidir partidos políticos y, en general, para toda persona o institución capaz de influir en la toma de decisiones de impacto colectivo?

Intentando un acercamiento ortodoxo al concepto referido, tener vergüenza es la capacidad de turbarse o consternarse por faltar a los valores éticos y morales, lo que lleva a incurrir en una conducta “…deshonrosa y humillante”, como la calificaría el Diccionario de la Lengua Española. 

Ser incongruente con la palabra y acción, prometer lo que se sabe incumplible, ubicar en otros las causas de los errores propios o negociar acuerdos políticos para beneficio personal, son algunos de los muchos casos susceptibles a provocar vergüenza, además de los comunes como robar o engañar.

Quedaría claro entonces que siente vergüenza quien se asume como un ser con honra o dignidad.

En palabras llanas, evocando ahora una frecuente expresión de mi abuelo paterno, sinvergüenza es aquella persona que “ni suda ni se acongoja” por faltar, por ejemplo, a la verdad, confianza, valores y acuerdos, o burlarse de la buena fe de los demás.

Si a la evidente impunidad que garantiza el sistema actual –entendido no sólo en su dimensión de procuración de justicia sino también en la de sus complicidades sociales- se le añade la falta de capacidad para sonrojarse, podría aparecer una de las razones de la situación nacional.

La ausencia de vergüenza es una variable común tanto en el consumo de un periodo de gobierno pateando el bote del castigo a los corruptos, como en la evasión del compromiso personal a favor de la armonía en la sociedad.

Con relación a los políticos, mi mamá ubicaba en otra categoría de la desvergüenza a algunos de ellos, de quienes decía: “Esos ni saben lo que es”, lo que me hacía pensar que habíamos desvergonzados que, aun acreditando esa condición, no éramos tan malos, pues al menos alguna vez habíamos conocido el concepto.

Es cierto que con la degradación del concepto de la política al concebirla fundamentalmente como una oportunidad para hacer negocios, el primer paso para cumplir con esa misión es dejar la vergüenza a un lado, sin importar que se pierda la propia reputación y el respeto de los demás.

Mas también parece verdadero que hacer a un lado valores éticos y morales en aras de satisfactores materiales, es acción que también puede realizar un ciudadano o una organización del sector privado. Quizá el mal nacional tiene su origen más en complicidades que en malos políticos, todos unidos por el olvido de la vergüenza.

Como a muchos otros niños, cuando era descubierto cometiendo alguna flagrante falta y trataba de negarla, mi mamá solía decir que yo no tenía vergüenza.

Posiblemente hoy continúe careciendo de esa cualidad, aunque ahora sé con mayor precisión a qué se refería mi progenitora.

riverayasociados@hotmail.com

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