Ron RolheiserMonterrey
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El infierno nunca es una sorpresa desagradable esperando a una persona básicamente feliz. Tampoco es necesariamente un final predecible para una persona infeliz y amarga.

¿Puede una persona feliz y de buen corazón ir al infierno? ¿Puede una persona infeliz y amarga ir al cielo? Todo eso depende de cómo entendemos el infierno y de cómo leemos el corazón humano.

Una persona que lucha honestamente por ser feliz no puede irse al infierno, ya que el infierno es la antítesis de una lucha honesta por ser feliz. El infierno, en palabras del Papa Francisco, "es querer estar lejos del amor de Dios". Cualquiera que sinceramente quiera amor y felicidad nunca será condenado a una eternidad de alienación, vacío, amargura, ira y odio (que son lo que constituyen el fuego del infierno) porque el infierno es querer no estar en el cielo. Por lo tanto, no hay nadie en el infierno que sinceramente desee tener otra oportunidad de arreglar las cosas para ir al cielo. Si hay alguien en el infierno, es porque esa persona realmente quiere estar alejada del amor.

Sin embargo, ¿puede alguien realmente querer estar lejos del amor de Dios y del amor humano? La respuesta es compleja porque nosotros somos complejos: ¿qué significa querer algo? ¿Podemos querer algo y no quererlo, todo al mismo tiempo? Sí, porque hay diferentes niveles de la psique humana y, en consecuencia, el mismo deseo puede estar en conflicto consigo mismo.

Podemos querer algo y no quererlo, todo al mismo tiempo. Esa es una experiencia común. Tome el ejemplo de un niño pequeño que acaba de ser disciplinado por su madre. En ese momento, el niño puede odiar amargamente a su madre, incluso al mismo tiempo en otro nivel más incipiente, lo que desesperadamente más quiere es el abrazo de su madre. Mas hasta que su mal humor termine, él quiere estar distante de su madre, incluso cuando su deseo más profundo es estar con su madre. Nosotros conocemos el sentimiento.

El odio, como sabemos, no es lo opuesto al amor sino simplemente una modalidad de la aflicción del amor, por lo que este tipo de dinámica perenne se manifiesta en la desconcertante, compleja y paradójica relación que millones de nosotros tenemos con Dios, la iglesia, entre sí, y con el amor mismo. Nuestras heridas en su mayoría no son culpa nuestra, sino el resultado de un abuso, una violación, una traición o una negligencia traumática dentro del círculo del amor. Sin embargo, esto no les impide el hacernos cosas humoristas. Cuando estamos heridos en el amor, entonces, como un niño reprimido y malhumorado que quiere distanciarse de su madre, nosotros también podemos por un tiempo, quizás por toda la vida, no querer el cielo porque sentimos que hemos sido tratados injustamente por éste. Es natural que muchas personas quieran estar alejadas de Dios. El niño acosado en el patio de juegos que identifica a sus acosadores con el círculo interno de ´´los aceptados´´ comprensiblemente querrá estar alejado de ese círculo, o tal vez incluso violentarlo.

Sin embargo, eso es en un nivel del alma. En un nivel más profundo, nuestro anhelo final sigue siendo el estar dentro de ese círculo de amor que en ese momento parece que odiamos, odiamos porque sentimos que hemos sido injustamente excluidos de él o violados por él y, por lo tanto, consideramos que es algo de lo cual no queremos formar parte. Por lo tanto, alguien puede ser muy sincero con el alma y, sin embargo, debido a las heridas profundas de su alma, pasa por la vida y muere queriendo estar distante de lo que ella percibe como Dios, amor y cielo. Sin embargo, no podemos hacer un juicio simplista aquí.

Necesitamos distinguir entre lo que en un momento dado queremos explícitamente y lo que, en ese mismo momento, queremos (realmente) implícitamente. A menudo no son lo mismo. El niño reprendido aparentemente quiere distanciarse de su madre, incluso cuando a otro nivel la quiere desesperadamente.

Muchas personas quieren distanciarse de Dios y de las iglesias, incluso cuando a otro nivel no lo quieren. Más Dios lee el corazón, reconoce la falsedad que se oculta dentro de un enfado o un puchero, y juzga en consecuencia. Es por eso que no debemos ser tan rápidos para llenar el infierno con todos los que parecen querer distanciarse del amor, la fe, la iglesia y Dios. El amor de Dios puede abarcar, empatizar con, derretir y sanar ese odio. Nuestro amor debería también.

La esperanza cristiana nos pide que creamos cosas que van en contra de nuestros instintos y emociones naturales, y una de ellas es que el amor de Dios es tan poderoso que, al igual que lo hizo en la muerte de Jesús, puede descender al infierno mismo y allí puede respirar el amor y el perdón a ambas, a las almas más heridas y a las más endurecidas. La esperanza nos pide que creamos que el triunfo final del amor de Dios será cuando el mismo Lucifer se convierta, regrese al cielo y el infierno finalmente esté vacío.

¿Imaginario? No. Esa es la esperanza cristiana. Es lo que muchos de nuestros grandes santos creyeron.

Sí, hay un infierno y, dada la libertad humana, siempre es una posibilidad radical para todos; sin embargo, dado el amor de Dios, quizás en algún momento esté completamente vacío. 


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