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Ambulando

Redes y enredos

Ambulando

En un cuaderno de rayas, de aquellos que tenían portadas y que forraban las diligentes mamás de los años 80, se escribían los apuntes que entre distracciones y charlas en voz baja, podían ser incluidas para el estudio posterior, si es que eso llegaba a suceder. 

En las hojas del final se anotaban recordatorios, ensayos de caligrafía, dibujos que a veces representaban una alucinación o una historia fantástica llena de personajes, que funcionaban como escape a la necesidad de ponerle atención al profesor que se afanaba en tratar de explicar operaciones matemáticas o datos de ciencias naturales, o español, sin olvidarnos de las ciencias sociales y sus estampitas descriptivas de la historia patria. 

En esas mismas hojas llenas de rayones y de arte abstracto se escribían mensajes invitando a alguna actividad a la hora del recreo o de la salida, y servían como muro de mensajes que iban y venían en la misma libreta, mientras quien daba la clase escribía en el pizarrón ajeno a aquella comunicación. 

El final de los cuadernos tenía hojas rayoneadas y con cortes, porque los mensajes también podían enviarse por aire, o los pedazos de hoja de papel mojados eran proyectiles que se podían lanzar utilizando un popote o el cuerpo de un bolígrafo. 

Si se quería pasar un rato más agradable, podía recurrirse a dibujar las líneas necesarias para jugar ahorcado o las figuras que representaran los buques de guerra o las naves de Star Wars para que con un doblez de la hoja se adivinara la posición y se repintara con tinta de pluma, eliminando las naves del contrario. Ese medio era el que se usaba para la comunicación, los chismes, los memes, los chistes y los juegos de entonces, precursor de las redes sociales de hoy. 

Las narrativas que hoy pasan por las pantallas de los que sirven de conducto y combustible para alimentarlas y multiplicar su alcance, además de nutrirlas con interpretaciones o conclusiones impulsadas por la inmediatez y la necesidad de compartir algo con alguien y hacerlo rápido, han tomado el control de lo que se percibe y por ende, de lo que se concluye, se juzga y se decide para hacer, para actuar. Hoy todos pueden ser expertos en todo o en algo, sin siquiera serlo en nada. Sin embargo, hay acceso a comunicar, sin conocimiento de causa, sin información, pero con un alcance insospechable. 

La información va y viene, con agendas y sesgos, hasta volverse un torbellino nebuloso que desinforma y confunde. Le creemos a cualquiera que dice saber, que parece que sabe y que habla con autoridad, y con base en esa creencia le comunicamos a los demás lo que parece ser cierto. La llamada conspiranoia se pasea por los muros y por los grupos en las aplicaciones para conversar, generando zozobra y angustia que se contagia más que el propio virus. Nos infecta la posverdad y sus consecuencias. 

Detrás de una pantalla hay quienes emiten mensajes para confundir o para convencer de algo, menos de lo que es real, y lo hacen a sabiendas de que hoy la información y la desinformación son armas a discreción de quien las porta y las usa. La competencia de analizar, de informarse en las fuentes, de discernir lo que es verdad de lo que no es, se ha vuelto fundamental para subsistir en este mundo inmediato y digital. Las redes sociales penetran hasta lo más hondo del alma, de la mente, de la sociedad con consecuencias igual de profundas. No son cosa de juego solamente. 

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