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Al Punto

Redescubrir el matrimonio

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Redescubrir el matrimonio

Las parejas suelen casarse para ser felices. Tal expectativa no debería ser ilusoria, si Dios diseñó el matrimonio para ser un reflejo de la caridad, la fecundidad y la felicidad divinas. De hecho, así fue en aquel primer encuentro esponsal, cuando Adán despertó maravillado ante el prodigio de creatura que era Eva. El amor nace y se alimenta de la admiración. Pero más que de sus atributos físicos, Adán y Eva se admiraron de poder mirarse a los ojos y descubrir una interioridad tan profunda como la propia, capaz de compartir los pensamientos, sueños y sentimientos más íntimos.

Por supuesto que descubrieron inmediatamente sus evidentes diferencias físicas, emocionales, cognitivas y hasta espirituales. Pero en lugar de lamentarlas como un obstáculo para su armonía, supieron celebrarlas como elementos de una relación sinérgica que no tiene igual en toda la creación.

Se descubrieron, además, como una ayuda a la medida el uno para el otro; sobre todo para cubrir su necesidad más esencial: la de tener a alguien a quien amar. El amor esponsal es un acto de mendicidad –afirma el célebre predicador Raniero Cantalamessa–; es decirle al otro: “No me basto a mí mismo, te necesito”.

La relación de aquella pareja primigenia, tan maravillosamente perfecta, se hizo añicos con el pecado original. Lo primero que cayó fue la admiración, como ocurre en los matrimonios que empiezan a menguar. El desprecio, según John Gottman, es el primer jinete del apocalipsis matrimonial. En segundo lugar, surgió entre ellos la desconfianza. Dice el texto bíblico que antes del pecado, Adán y Eva estaban desnudos y no sentían vergüenza. Como consecuencia del pecado, tuvieron que aprender a defenderse de la concupiscencia, que degrada y cosifica al otro; así nació el pudor. La ayuda mutua, por su parte, se trocó en contraposición y división. Muchos matrimonios desde entonces padecen continuas guerras de poder y altercados egoístas. 

La redención del matrimonio vino con Jesús, quien empezó por recordar al ser humano el plan divino original: “Desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer… y serán los dos una sola carne”. El matrimonio cristiano es, ante todo, un matrimonio redimido; es decir, liberado de las ataduras del pecado y habilitado para vivir un amor esponsal fecundo y feliz. 

Con Cristo nació el respeto. Respetar es mucho más que no ofender; es aceptar y acoger al otro tal como es; es abrirle el espacio a su crecimiento en todos los campos. En segundo lugar, con Cristo se hizo posible el perdón de las heridas que inevitablemente se infligen en la convivencia diaria dos seres imperfectos. Además, con Cristo, el matrimonio se ha vuelto resiliente; término que la psicología ha asumido de la ingeniería de materiales para señalar, en pocas palabras, que resulta casi indestructible. 

Decía Lord Byron que es más fácil morir por una mujer que vivir con ella. En una versión más cristiana, habría que decir que no hay otra manera de vivir unidos y felices en el matrimonio que muriendo de continuo el uno por el otro.

 

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