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Ambulando

Relatos de la pandemia 3

Ambulando

El sonido del reloj que colgaba de la pared de aquel pasillo que funcionaba como recibidor hacía que el tiempo se manifestara, como ilusión somera, en su inexistencia natural, pero existencia virtual artificial, por el consenso del hombre. Para no existir era capaz de subirse al espíritu de quien esperaba su turno para convencer al entrevistador de que era la mejor opción para quedarse con el puesto. 

Recordaba un reloj igual que marcaba las horas, los minutos y los segundos en la escuela. Era así, grande, de fondo blanco y manecillas negras. El segundero marchaba segundo a segundo, en una serie de vueltas interminable. Cada hora, cuando el minutero, apuntando hacia arriba, se ponía sobre el número 12, sonaba el timbre que en el dicho del director de aquella escuela, era la voz de Dios que les decía a todos lo que había que hacer, dependiendo de la hora. Sólo dos timbres sonaban con un tono alegre, a pesar que la frecuencia de sus sonidos eléctricos era la misma, como un zumbido que penetraba los oídos de cualquiera a dos cuadras de distancia. 

Los dos timbres que sonaban mejor en los días de la escuela eran el de las 10:00 de la mañana, cuando iniciaba el recreo, y el de la 01:30 de la tarde, cuando acababa la última de las clases y era tiempo de salir. Pero este reloj del pasillo gris del recibidor marcaba las 10:00 de la mañana y no sonaba ningún timbre. Le preocupaba estar presentable y no mostrarse nervioso ni inseguro. Le habían dado 1,000 recomendaciones sobre qué contestar y qué no decir en la entrevista y las había repasado todas. La señorita que estaba detrás del mostrador miraba el monitor de su computadora y alternaba el sonido de los clicks de su ratón con un sorbo a su taza de café, que recibía una nueva capa de su lápiz labial rojo. Desde que se anunció con ella notó el color de sus labios e imaginó lo difícil que debía ser para la recepcionista llevar el tono carmesí sin manchar cada cosa con la que se relacionara. 

Esta no era ni por poco la primera entrevista de trabajo a la que asistía desde que en otra oficina parecida a ésta le habían notificado su despido, luego de cinco años de trabajo. Ya se habían cumplido nueve meses sin empleo, y había completado 20 procesos de entrevistas como éste, sin conseguir nada, ni siquiera una llamada para hacerle saber que había sido descartado, ni mucho menos saber por qué. El folder de papel cartoncillo azul se había comenzado a deformar con el sudor de sus manos, ¿Se notará demasiado que estoy nervioso?, dijo para sí en silencio. 

Había salido de casa con la seguridad que conservaba aún después de 20 fracasos, y se la había contagiado a su mujer que le despedía preocupada, pensando en qué es lo que haría con lo poco que quedaba en la alacena para preparar la comida del día. Con esfuerzo habían conseguido sortear las navidades dando regalos llenos de creatividad a sus dos pequeños. El mayor recibió la guitarra que su padre había guardado por años, sin usar y hoy ya podía escucharse como sonaba en la habitación de los hijos. El pequeño se conformó con un juego de mesa que había permanecido en su empaque por falta de tiempo y de ánimo cuando se compró, en los tiempos en los que había para hacerlo. 

La pandemia les había mantenido en modo de supervivencia, pero no había más tiempo ni recursos para pasar otra semana sin consecuencias más graves. Tendrían que dejar su casa para buscar otro sitio más barato si no encontraban una nueva fuente de ingresos. 

La señorita de la recepción descolgó el teléfono al escuchar que timbraba. “Pase al fondo, en la segunda puerta a la derecha”, dijo al que esperaba. El hombre se puso en pie, se acomodó la corbata y puso el folder azul en su mano izquierda para poder tener la otra lista para el apretón de mano. “Saluda con la frente en alto, mirando a los ojos del otro”, le habían recomendado. Abrió la puerta y pasó por el umbral de la oportunidad. Quince minutos después salió por la misma puerta, se despidió de la recepcionista y se dirigió a la puerta del edificio. Una vez en la banqueta, sacó su teléfono celular y marcó el número que decía “casa”. Una voz de mujer dulce le preguntó ¿Cómo te fue? ¿Qué te dijeron?, a lo que el hombre respondió agitado y entusiasta, ¡El puesto es mío!

La pandemia ha traído muchos relatos como este. Enfrentarlos con esperanza y con buen ánimo, a pesar de lo difícil que sea hacerlo, es lo mejor. Que este año sea así, lleno de esperanza, de esfuerzo y que lo vivamos con el mejor ánimo posible en cada momento y en cada reto que debamos enfrentar.  

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