OpenA
Recuerdos de una vida olvidable...

Remembranzas en tránsito

Recuerdos de una vida olvidable...

Remembranzas en tránsito

"¿Cómo estás?", pregunta recurrente que tampoco hoy se ausenta de mis oídos.

Naturalmente, su respuesta es repetitiva: "Quisiera estar mejor, pero recibiría un rayo si me quejara".

¿Qué otra cosa podría expresar después de salir a la calle para tomar una dosis de realidad?

Antes de repasar algunas imágenes impresas en mi memoria pensaba que "demagogia con demagogia se paga"; sin embargo, lo visto me hace retirar esta frase al aceptar que la persistencia de los recuerdos de este día arrebata mi autoridad moral para emitir cualquier queja.

Veo las imágenes del edificio de oficinas y locales comerciales que se incendió en el Centro de Monterrey y comparto la sensación de asfixia de las personas que habitaban en su sótano, donde se habilitaron ratoneras con el nombre de "departamentos".

Tan fuera de norma su operación como cerca de la presidencia municipal, el edificio en el que murió una joven mujer fue escenario donde se confirmó que el valor dado por algunos a sus semejantes está en proporción directa al poder adquisitivo de estos.

Asimismo, corroboraría el desprecio de un grupo de mexicanos a su propio futuro, al considerar como "presidenciable" al alcalde de una ciudad que permite irresponsabilidades de tal magnitud, dando esos potenciales electores más importancia al conocimiento de un apellido, a raíz de una desgracia, que a la ausencia de resultados a favor de la mayoría de los gobernados.

Recordando todavía la angustia reflejada en el televisor por quienes lograron escapar con su pobreza del humo asesino, salgo de paseo a la calle con ese pensamiento que insiste en preguntarme por qué gozo de privilegios en un mundo de carencias, donde lo único que no tiene limitaciones es poner en riesgo la vida.

Observo luego una moto que transporta a una familia que solidaria toda se juega la existencia, así como a mujeres y hombres, destinatarios de burlas punzantes convertidas en discursos triunfalistas, dando seguridad a sus hijas mientras esperan el transporte urbano.

Sigo mi camino y alargo el cuello para leer la cabeza de un periódico de distribución gratuita que asegura que un alcalde gastó $20 millones de pesos en los festejos por los días de la Madre y del Maestro, lo que no resultaría extraño en el sistema clientelar de siempre, a no ser por su discurso que alude a una nueva forma de hacer política. ¿Mentira institucionalizada o paliativo humanitario?

Toca mi turno para jugarme de manera explícita la vida: debo cruzar una avenida de flujo continuo, cuya semaforización fue sólo concebida para automotores.

En los instantes en los que mi mente calcula el momento justo para ordenar al cuerpo que corra, observo a un grupo de migrantes haitianos en calidad de pordioseros. ¿Qué tan difíciles serán las circunstancias en su país, para que sea preferible su estancia en este inseguro sitio? Además del color de la piel, ¿tendremos alguna otra diferencia?

Tras dos o tres intentos de precaución o cobardía superiores que culminan abortando temporalmente el cruce de la avenida, aprovecho el momento de reposo al que dan lugar para dirimir si el gobernante que menciona enemigos que parecen imaginarios es cínico en grado superlativo o visionario excelso. ¿La defensa de la vida tiene pretextos u obstáculos?

Admitir que es cotidiana la convivencia de lo injusto con la indiferencia y burla, duele casi tanto como tener que respirar cuando se sabe que no se existe para los demás o como entender que la humillación padecida alimenta al verdugo que la propicia.

Recuerdo finalmente la reflexión que generó un gobernador cuando convencido de ser un dios borraba de su memoria los tiempos de su campaña pro salvación del pueblo, época en la que hasta escuchaba sugerencias.

–¿Cómo es posible que Manuel hable conmigo? ¡Para eso estás tú!– dijo molesto el mandatario al jefe de su oficina, evidenciando la amnesia que borraba los momentos de la campaña en los que aún era humano y se atrevía a pedir consejos a quien ahora desconocía.

Este incidente menor dio lugar a una consideración elemental: seres humanos distintos sólo aquellos que desconocen el llanto y la risa, son inmunes a las caricias y permanecen ajenos al sueño de vivir mejor.

Fin del recorrido.

riverayasociados@hotmail.com

×